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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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Ad Astra: el viaje de Brad Pitt que empieza en la Luna y termina en la pregunta de siempre

La película de James Gray lleva a un astronauta a recorrer el sistema solar para encontrar a su padre desaparecido y, de paso, revisar su propia historia. Una historia íntima disfrazada de blockbuster.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Ad Astra: el viaje de Brad Pitt que empieza en la Luna y termina en la pregunta de siempre

Como dice el propio Roy McBride en uno de los momentos más reveladores de la película, la distancia más larga que tenemos que recorrer es la que nos separa de quienes más queremos. Esa frase, que el personaje pronuncia con la calma que lo caracteriza, funciona como una brújula para entender qué es Ad Astra más allá de sus paisajes espaciales: una película que se presenta como una misión interestelar pero que en el fondo está contando, con paciencia y sin estridencias, la historia de un hijo que todavía no terminó de procesar la ausencia de su padre. Brad Pitt vuelve a lucirse en un papel contenido, casi minimalista, donde cada gesto parece medido al milímetro.

Un héroe que mide su pulso en medio del vacío

El punto de partida es sencillo y a la vez muy potente: Roy McBride es un astronauta excepcional, tan entrenado que su frecuencia cardíaca apenas se mueve ni siquiera cuando una antena le arranca el casco y queda expuesto al vacío. Esa capacidad de autocontrol, presentada como un logro en las primeras escenas, se va revelando a lo largo del film como una coraza que también le impide conectar con los demás y, sobre todo, con su propio pasado. Cuando el Comando Espacial de Estados Unidos lo convoca para una misión de altísimo riesgo, le dicen que su padre, desaparecido hace más de una década mientras lideraba una expedición hacia los confines del sistema solar en busca de vida inteligente, podría estar vivo y sería responsable de una serie de descargas eléctricas que están poniendo en jaque a toda la Tierra.

El punto de partida es sencillo y a la vez muy potente: Roy McBride es un astronauta excepcional, tan entrenado que su frecuencia cardíaca apenas se mueve ni siquiera cuando una antena le arranca el casco y queda expuesto al vacío. Esa capacidad de autocontrol, presentada como un logro en las primeras escenas, se va revelando a lo largo del film como una coraza que también le impide conectar con los demás y, sobre todo, con su propio pasado. Cuando el Comando Espacial de Estados Unidos lo convoca para una misión de altísimo riesgo, le dicen que su padre, desaparecido hace más de una década mientras lideraba una expedición hacia los confines del sistema solar en busca de vida inteligente, podría estar vivo y sería responsable de una serie de descargas eléctricas que están poniendo en jaque a toda la Tierra.

  • La Tierra y la estación de comando desde donde se organiza la misión, con una estética que imagina un futuro cercano y comercial del espacio.
  • La Luna, presentada como un lugar ya colonizado y atravesado por una espectacular secuencia de persecución con monos que se desplazan a velocidades supersónicas.
  • Marte, donde un centro de investigación recibe a Roy y se convierte en la antesala del tramo final del viaje.
  • La nave de su padre, perdida más allá de la órbita de Neptuno, que funciona como el destino simbólico y emocional de toda la historia.

Un James Gray contenido que filma el espacio como un lugar silencioso

Lo más interesante de Ad Astra es que James Gray, un director neoyorquino que venía del cine de personajes con films como Pequeña Odessa, La otra cara del crimen y Mudbound, se anima a rodar una superproducción de ciencia ficción sin perder su sello intimista. La película no compite con Star Wars ni con Interstellar en la escala del espectáculo: hay persecuciones, hay tensión y hay momentos de acción muy logrados, como la ya mencionada secuencia lunar, pero todo está filmado con un ritmo pausado, casi melancólico, que privilegia la introspección de Roy por sobre el vértigo. La fotografía de Hoyte van Hoytema, que venía de trabajar con Christopher Nolan en Interestelar y Dunkirk, hace un trabajo enorme con la luz y con los paisajes del espacio, siempre al servicio de la sensación de soledad del protagonista.

“No vamos a encontrar inteligencia en el universo. La respuesta está en nosotros mismos, en lo profundo.”H. Clifford McBride (el padre)

Esa frase del padre, que funciona casi como una sentencia filosófica sobre el sentido de la exploración espacial, resume el corazón de la película. Ad Astra no cree en los milagros del cosmos, sino en las respuestas que un hijo puede encontrar si se anima a revisar su propia historia. El viaje al sistema solar es, en realidad, un viaje hacia adentro, y el final, que no develo para no arruinarles la experiencia, termina de confirmarlo con una de las escenas más emotivas y mejor actuadas de toda la carrera de Brad Pitt. Les recomiendo que la vean un domingo por la tarde, con la luz baja y sin apuro, porque es una película para dejarse llevar, como yo hice la primera vez que la descubrí, y que seguramente los va a dejar pensando en sus propios padres durante varios días.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos

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