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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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Cuando el guionista se sienta en la silla del director: el regreso de Sorkin al mundo de Zuckerberg y por qué esta vez no cierra

La esperada secuela espiritual de La red social confirma lo que varios vienen señalando hace tiempo: los textos de Aaron Sorkin funcionan mejor cuando alguien con mano firme los traduce a imágenes. Un repaso por sus idas y vueltas entre la página y la sala de montaje.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Cuando el guionista se sienta en la silla del director: el regreso de Sorkin al mundo de Zuckerberg y por qué esta vez no cierra

Hay una frase que sobrevuela toda la carrera de Aaron Sorkin, un poco como esos temas que se repiten en distintas sinfonías: la idea de que el mundo se desmorona y alguien, desde un escritorio o un teléfono, intenta ordenar el caos a pura palabra. La escribió una y otra vez, en distintos escenarios, con distintos personajes, y casi siempre le salió bien. Pero cuando se sentó él mismo detrás de la cámara para dirigir El precio de la red, la nueva película que lo vuelve a cruzar con el universo de Mark Zuckerberg, la música empezó a sonar un poco desafinada. Y no por culpa del compositor, sino del director de orquesta.

Una secuela que se pensaba y no termina de nacer

El precio de la red llega con la etiqueta de continuación espiritual de La red social, aquella película de 2010 que David Fincher convirtió en un clásico instantáneo del cine sobre los años dorados de Silicon Valley. La nueva historia recoge a Zuckerberg ya instalado en su madurez como uno de los hombres más poderosos del planeta, y se cruza con viejas glorias del reparto original, además de sumar caras nuevas. Sorkin vuelve a escribir y, esta vez, también a dirigir.

En el camino, el filme se llena de resonancias con The Newsroom, la serie que el propio Sorkin creó para HBO, y con el proyecto sobre el 6 de enero que viene acariciando desde hace años sin terminar de concretarse. Hay momentos en los que parece menos una película y más un borrador abierto de todas las obsesiones que el autor arrastra sin resolver.

El problema no es lo que dice, sino cómo lo muestra

La crítica especializada coincide en un punto que a esta altura ya parece un lugar común, pero que no por repetido deja de ser cierto: el guión de Sorkin no es el problema, es el director. El material tiene los mismos hallazgos verbales de siempre, los mismos monólogos encendidos, la misma capacidad para convertir un debate en una clase de civismo. Lo que falla es la puesta en escena.

  • Secuencias de diálogo que existen sobre todo porque suenan bien leídas en voz alta, pero que en pantalla se estiran sin urgencia dramática.
  • Interiores con una iluminación despareja, llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo que trabajó en La red social.
  • Un montaje sin ritmo propio, que va cumpliendo pasos sin generar la sensación de que algo está en juego.
  • Imágenes que rara vez trascienden lo funcional: el ojo del director no aporta una mirada que dialogue con la palabra.

La comparación con sus películas anteriores como realizador termina de completar el cuadro. Molly's Game fue recibida con cierta benevolencia, y dentro de todo le perdonaron los desajustes porque la historia de Molly Bloom tenía peso propio. Pero lo que vino después confirmó lo que muchos sospechaban: que los mejores Sorkin llegaron cuando otro director se sentó en la silla.

La lista de directores que lo salvaron

Pienso en David Fincher tomando ese guión sobre el nacimiento de Facebook y transformándolo en un thriller seco, preciso, casi quirúrgico. Pienso en Danny Boyle dándole a Steve Jobs una coreografía visual que el texto, solo, nunca hubiera alcanzado. Pienso en Rob Reiner en Algunos hombres buenos, conteniendo los desbordes del debut del propio Sorkin con una mano que a la vez respetaba y domesticaba. En los tres casos, la operación fue la misma: un director externo que le puso límites, que le dijo hasta acá, que entendió que la inteligencia del diálogo necesitaba un cuerpo cinematográfico que la sostuviera.

“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, personaje en El precio de la red

La frase la dice uno de los personajes de la propia película, en una línea que ya está en los tráilers, y que funciona como una descripción involuntaria de lo que pasa en la pantalla. Es Sorkin hablando de Sorkin sin darse cuenta, o quizás dándose cuenta demasiado tarde.

Mi lectura, a pecho abierto

Soy de las que cree que un autor debe tener derecho a dirigir sus propios guiones, y de hecho celebro cada vez que un escritor se anima a cruzar la línea. Pero también creo que la autonomía total sin un par de ojos que te discutan cada plano termina empobreciendo el resultado, sobre todo cuando el material tiene la densidad verbal del universo Sorkin. Aquí faltan los silencios, faltan los cortes, falta alguien que le diga que no todo lo que suena bien en una página necesita estar en una sala de cine.

Dicho todo esto, recomiendo ir a verla igual. No porque sea una buena película, sino porque incluso un Sorkin en baja es un Sorkin que todavía tiene cosas para decir sobre el poder, la culpa, la libertad de expresión y el modo en que las redes se nos fueron de las manos. A veces uno sale del cine enojado con el director, y eso también es una forma de que la película le haya hecho algo. Vayan, discutan conmigo, y después me cuentan.

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Silvia FerraroCultura y espectáculos

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