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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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Cuando el mar devuelve lo que el tiempo se llevó: «Rose of Nevada», la nueva apuesta de Mark Jenkin

George MacKay y Callum Turner encabezan la tercera película del realizador británico, un relato filmado en 16 milímetros donde un pesquero reaparecido después de treinta años arrastra consigo las penurias cotidianas de una comunidad costera inglesa y las preguntas que siempre despierta un viaje fuera de época.

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Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Cuando el mar devuelve lo que el tiempo se llevó: «Rose of Nevada», la nueva apuesta de Mark Jenkin

«Volver a casa es como bajar al mar sin saber si vas a volver»: la frase podría ser de cualquier pescador de Cornualles y, sin embargo, resume con justeza el corazón de «Rose of Nevada», la nueva película del director británico Mark Jenkin, que vuelve a poner el océano en el centro de la escena como ya hiciera en «Bait» y en «Enys Men». Lo que en esta oportunidad propone es algo todavía más inquietante: un pesquero llamado igual que el filme regresa al puerto después de treinta años de ausencia, con su madera gastada y sus redes intactas, y dos hombres muy distintos aceptan tripularlo sin saber que están firmando, también, un pasaje hacia otra capa del tiempo.

Dos hombres, un mismo barco, motivos opuestos

George MacKay interpreta a un padre joven que necesita dinero para arreglar el techo de la casa donde vive con su hija pequeña; Callum Turner encarna a alguien que, en cambio, quiere irse lejos de su propia historia y encuentra en la oferta de embarque la coartada perfecta. Los dos suben al Rose of Nevada empujados por necesidades bien concretas, casi diríamos bien terrestres: facturas que se acumulan, un pasado que pesa, la falta de horizontes laborales en un pueblo donde la pesca todavía es una actividad de la que nadie puede prescindir aunque ya no alcance para vivir.

Lo que empieza como un contrato laboral se transforma, sin que ellos lo busquen, en un desplazamiento temporal que Jenkin decide no explicar del todo. El barco se interna en el mar y, cuando vuelve a la costa, el pueblo ya no es exactamente el mismo. La película toma así el viejo motor de los relatos de viajes en el tiempo —ese vértigo de comprobar que el mundo siguió su marcha mientras uno no estaba— y lo acopla a la vida cotidiana de una comunidad costera del Reino Unido donde la falta de recursos convive con los peligros del trabajo en altamar y con una intimidad familiar que tampoco escapa a los sacudones de la historia.

  • Un pesquero que reaparece tras treinta años y reordena la rutina de un pueblo pesquero inglés.
  • Dos protagonistas con urgencias muy distintas: arreglar un techo o escapar de un pasado.
  • Imágenes filmadas en 16 milímetros con textura gastada y montaje no lineal.
  • El mar de Cornualles como escenario físico y emocional, otra vez en la filmografía de Jenkin.
  • Reparto que mezcla a MacKay y Turner con intérpretes habituales del director.

El tiempo roto, contado a la antigua

Quien haya visto «Bait» o «Enys Men» sabe que a Jenkin le gusta filmar como si la cámara se hubiera criado en los muelles: grano marcado, luz natural, encuadres que respiran el clima húmedo del Atlántico. Aquí redobla la apuesta con un montaje que intercala secuencias sin respetar la línea temporal y con una textura de 16 milímetros deliberadamente gastada, como si el propio celuloide hubiera hecho el viaje junto con los protagonistas. Esa decisión estética no es un capricho de autor: ayuda a que el espectador perciba, en la imagen misma, ese malestar de cuando algo no encaja del todo con la cronología.

La propuesta reúne entonces varios planos que se cruzan. Por un lado, la fantasía del desplazamiento temporal; por otro, el retrato social de las comunidades costeras británicas, golpeadas por la crisis y obligadas a mantener viva una tradición pesquera que ya no da respuestas económicas. Y por encima de todo, dos personajes que, sin buscarlo, se vuelven testigos de cómo la historia de un pueblo puede condensarse en un solo casco de barco varado en el muelle.

Personalmente, confieso que me enganché a «Rose of Nevada» desde ese primer plano del Rose of Nevada entrando despacio en la bahía, como si supiera que venía a cambiarles la vida a todos. Es una película para mirar con paciencia, dejándose llevar por el ritmo lento del mar y por las actuaciones contenidas de MacKay y Turner, que sostienen la incertidumbre sin hacer ruido. Si les interesa el cine que mezcla lo cotidiano con lo sobrenatural, el retrato de clase con la aventura y, sobre todo, las historias donde el tiempo se vuelve tan protagonista como los personajes, les recomiendo reservar una tarde para esta propuesta inglesa rodada como si el celuloide también hubiera estado treinta años esperando en el fondo del océano.

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Silvia FerraroCultura y espectáculos

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