Cuando el psicoanalista se sienta en el medio: la terapia humorística de Otro día perdido con Gabriel Rolón
La visita del psicoanalista al ciclo de Mario Pergolini se convirtió en un intercambio de reclamos en broma entre Evelyn Botto y Soy Rada, con el diván reemplazado por un sillón de canal y las preguntas de Rolón como guía del juego.

Hay una frase que el propio Gabriel Rolón suele repetir en sus libros y que parece escrita para lo que pasó en Otro día perdido: 'A veces el humor es la manera más elegante de decir la verdad'. Esa idea flotó durante el segmento en el que el especialista en psicología del desarrollo humano convertido en autor de libros de psicología se sentó en la mesa del ciclo de streaming y, casi sin proponérselo, terminó oficiando de terapeuta de una pareja muy particular: la que forman Evelyn Botto y Soy Rada con su conductor, Mario Pergolini, en el día a día de un programa que, cuando se enciende la cámara, parece una redacción con más ego del que admite.
El sillón como diván
La escena arrancó con una discusión menor que en cualquier programa de entrevistas pasaría desapercibida, pero que en Otro día perdido funciona como una pequeña puesta en escena: Agustín Aristarán, conocido como Soy Rada, le ofreció a Rolón ubicarse en el medio, entre él y Evelyn Botto. El detalle bastó para que Pergolini, desde su lugar de conductor, empezara a tirar del hilo y para que los dos invitados entendieran que tenían quince minutos para sacarses de encima con un psicoanalista como árbitro. La dinámica, registrada como un nuevo episodio del ciclo, terminó pareciéndose a una sesión grupal con sobreactuación incluida.
“¿Cuánto tiempo más van a seguir llamándome la nueva después de un año de laburar juntos? Y encima a veces me llama Layla.”Evelyn Botto
La locutora fue la primera en poner el malestar sobre la mesa y lo hizo con la precisión que tiene cuando ejerce su oficio en radio y música: arrancó por el nombre. Contó que Mario Pergolini, a pesar de compartir aire con ella desde hace un año, en ocasiones la llama Layla, y preguntó, mirando al psicoanalista, cuánto tiempo más iban a tratarla como la chica nueva del grupo. Pergolini intentó defenderse con una excusa tan confesional como inútil: dijo que tiene dificultades para recordar nombres. Botto no le creyó agresiva y se lo hizo saber en vivo, con la sonrisa apenas dibujada de quien sabe que tiene razón y no necesita levantarla.
El cruce subió un escalón cuando Botto agregó otro dato de la convivencia cotidiana: contó que su compañero no acostumbra saludarla con un beso cuando se cruzan en los pasillos del programa, y fue Rolón quien tomó la palabra para explicar, con la cadencia pausada que lo caracteriza en sus libros de autoayuda con base clínica, que las personas tienen formas distintas de relacionarse y de expresar afecto. 'Hay gente que saluda con un beso, hay gente que saluda con un apretón de manos, y eso no dice nada de cuánto le importás', dijo. La frase cayó como un diagnóstico amable. Entonces el psicoanalista abrió otro foco y señaló que Soy Rada, al menos en su experiencia en el programa, tampoco solía recurrir al beso como saludo.
- Botto pidió que dejen de llamarla la nueva y confesó que Pergolini a veces la llama Layla.
- Pergolini reconoció que no acostumbra saludar a su compañera con un beso.
- Rolón explicó que cada uno tiene su manera de expresar afecto y sugirió no personalizar las formas de saludo.
- Soy Rada contó que Pergolini lo dejó de seguir en Instagram y hasta se lo dijo en persona.
- El humorista dijo que tenerlo entre sus seguidores le servía como carta de presentación.
- Pergolini se justificó diciendo que las publicaciones le resultaban aburridas.
- Rolón preguntó si dejar de seguir a alguien también habla de la relación entre ambos.
- El conductor retomó la entrevista cuando los reclamos en broma ya habían agotado el juego.
El botón de seguir como declaración de principios
Si el primer acto del intercambio giró alrededor del beso y del nombre, el segundo se corrió a la pantalla del teléfono. Aristarán contó que Pergolini lo había dejado de seguir en Instagram y que, además, se lo había anunciado en persona mientras compartían un café, un nivel de sinceridad que, viniendo de un conductor acostumbrado a manejar los tiempos de una entrevista, suena casi a declaración de principios. El humorista reconoció que tener al conductor entre sus seguidores tenía para él un valor simbólico que iba más allá del algoritmo: le servía, dijo, como carta de presentación ante terceros, una manera de mostrar que el vínculo existía y que no era sólo un rumor de pasillo. La escena, reconstruida por el propio protagonista en el programa, fue subiendo de temperatura hasta que Pergolini asumió la explicación más simple y, por eso mismo, más devastadora: las publicaciones frecuentes de su compañero le resultaban aburridas. Soy Rada le respondió con la lógica que cualquier usuario de redes aplica en silencio pero rara vez dice en voz alta: si te molesta mi contenido, podés silenciarme, no hace falta dejar de seguirme. Rolón, que escuchaba con la atención flotante de quien sabe que la sesión está avanzando sola, intervino con una pregunta que funcionó como bisturí: dejó planteado que dejar de seguir a alguien, en una época en la que el botón parece una decisión trivial, también puede leerse como un mensaje sobre la relación entre ambos.
Hacia el final del bloque, Pergolini quiso recuperar el formato original y le preguntó a Rolón, casi como pidiendo permiso para volver al libreto, si una terapia grupal tiene como objetivo que todos se lleven bien. El psicoanalista respondió con una precisión que pareció pensada para el living de un canal de streaming: el objetivo, dijo, depende de la situación, y en algunos casos lo que se busca es que los integrantes de un equipo puedan seguir trabajando juntos sin lastimarse. La frase cayó justo después de que Soy Rada aprovechara para sumar un último reclamo en broma sobre el trato que recibe y sobre las actividades que le proponen desde la producción, como si la sesión grupal se negara a terminar antes de que cada uno hubiera dicho lo suyo.
A mí, como espectadora y lectora habitual de estos cruces que mezclan psicología y televisión, lo que más me quedó resonando no fue ninguna de las respuestas de Rolón sino el pedido final de Pergolini: volver a la entrevista. Es la misma operación que hacemos cada uno en su trabajo cuando el café se enfría, alguien se queja del café, otro del grupo de WhatsApp y otro de la silla que le asignaron, y entonces alguien, con la mejor de las ondas, dice bueno, volvamos a lo nuestro. La recomendación que me llevo, y que se la robo prestada a Rolón, es mirar estos segmentos como quien mira una sesión de terapia ajena: con curiosidad, sin perder de vista que el humor es, la mayoría de las veces, la forma más educada que tenemos de decir lo que nos pasa.
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