De dos a nueve en casa: la historia de María Laura, que adoptó a seis hermanos y se encontró esperando al séptimo
Una maestra de 38 años se postuló para adoptar a un grupo de hermanos que conocía del aula. El proceso incluyó una separación, un vínculo que los propios chicos terminaron de sellar en un recreo y la sorpresa de un embarazo cuando la guarda aún era reciente.

María Laura tenía 38 años, vivía en pareja y trabajaba como maestra cuando tomó una decisión que, según admite, al principio le parecía directamente inalcanzable: postularse para adoptar a un grupo de seis hermanos que estaban institucionalizados desde hacía cinco años. Hoy, a los 44, la familia que imaginó como una posibilidad remota terminó de quedar completa: son nueve en la casa, con hijos de 1 a 20 años, un padre que reapareció en el camino y una organización cotidiana que se parece más a la de un barrio chico que a la de un hogar convencional.
Ella conoció a los chicos en la escuela. Dos de los seis eran sus alumnos y, por el vínculo cotidiano del aula, empezó a colaborar también con el hogar donde vivían los hermanos. Esa presencia sostenida fue la que la llevó a pensar que podía ir un paso más allá, aunque en su entorno las dudas se acumulaban: el departamento era chico, la situación económica no sobraba y su pareja, en ese momento, temía no poder hacerse cargo de seis chicos a la vez. La tensión se profundizó hasta que la pareja se separó y María Laura decidió continuar los trámites sola.
Referente afectivo antes que madre
El proceso de vinculación no fue lineal ni apurado. Los propios chicos habían construido entre ellos un bloque muy sólido durante los años en el sistema, con la hermana mayor como cuidadora principal, y la idea de ser adoptados tampoco estaba en su horizonte inmediato. María Laura tampoco se sentía lista para dar el paso definitivo. La figura que terminó funcionando para todos fue la del referente afectivo: un rol formal dentro de los dispositivos de protección, pensado para construir un lazo sin forzar la adopción.
Cuando desde el organismo le preguntaron si quería quedarse con uno solo, con los gemelos o con los mellizos, la respuesta fue directa: «Quiero estar con los seis». Esa decisión, recuerda, implicó también un trabajo delicado con la hermana mayor, que durante años había sostenido a los más chicos y necesitaba, a su vez, tiempo para cederle ese lugar a otra persona adulta. «La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco», contó María Laura.
Un recreo que cambió todo
“Te elegimos para ser nuestra mamá.”Los hermanos, en un recreo escolar
El punto de inflexión llegó fuera de cualquier escritorio o juzgado, en el patio de la escuela. Algunos de los chicos se acercaron y le dijeron que la habían elegido como mamá. A partir de ahí, los trámites se reorientaron hacia la convivencia y, más adelante, hacia la adopción plena. María Laura y su pareja habían retomado el vínculo: él ocupa hoy el rol de padre en una familia que, en los papeles y en la práctica, empezó siendo una idea de dos.
Siete hijos, de 1 a 20 años
- Daniel y Milo, gemelos de 13 años, y Maiara y Lionel, mellizos de 16, cursan en una escuela técnica.
- Zaira, de 18, termina el secundario este año.
- Daiana, de 20, la mayor, estudia Abogacía.
- Nahitan, de poco más de un año, es el bebé que llegó después de la adopción. Uno de los gemelos le besó la panza a María Laura antes de que ella supiera que estaba embarazada y dijo «hola, bebé»: así se enteró.
La llegada de Nahitan fue, en sus propias palabras, la confirmación de algo que ya estaba en marcha. «Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida», resume María Laura, que milita en la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, una organización que trabaja para visibilizar la adopción de niños y niñas fuera de la primera infancia, los que suelen quedar más tiempo dentro del sistema de protección.
Lo que todavía falta
Lo que falta, y lo que esta historia deja a la vista, es el tiempo. El de los trámites que se dilataron durante años, el de los hermanos que tenían que estar listos para ser adoptados y el de una mujer que tuvo que armarse una coraza para sostener un proceso en el que, en varios tramos, estuvo sola. También falta, en un plano más amplio, que la adopción de grupos de hermanos y de niños grandes deje de ser la excepción y se convierta en una política sostenida: cada vez que un juez debe decidir si un grupo de seis hermanos se separa o se mantiene unido, está decidiendo, en los hechos, qué tipo de familia es posible en la Argentina.
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