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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Decir que no también se aprende: la construcción íntima de un límite que muchos adultos no logran

Ansiedad, resentimiento acumulado e insomnio son algunos de los costos visibles de no saber poner un freno. Tampoco es saludable la postura opuesta: no tolerar el "no" del otro también erosiona los vínculos. La buena noticia es que ese patrón se forma temprano y, por lo tanto, puede revisarse.

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Emanuel CastilloEducación y universidad · · 3 min de lectura
Decir que no también se aprende: la construcción íntima de un límite que muchos adultos no logran

El límite empieza a dibujarse mucho antes de lo que suele imaginarse. No aparece en la adolescencia ni en la vida adulta como un mandato racional: se construye desde los primeros meses de vida, cuando un bebé necesita que alguien lo ponga porque, sin un afuera que contenga, no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el "no" ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como pequeña frustración, es lo que permite después distinguir entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite, entonces, no se opone al amor: es una de sus formas.

¿Qué pasa cuando ese proceso no se completa bien?

Cuando aquella construcción inicial queda trunca, se observan dos patrones opuestos y frecuentes en la clínica. El primero es el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, temprano, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De adulto, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos: cuadros de ansiedad, resentimiento que se acumula y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico.

Con el tiempo, el cuerpo suele empezar a poner los límites que la persona no puso. Dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó. Es la forma que tiene el organismo de reclamar lo que la voluntad no se animó a decir.

¿Y el que no tolera el "no" del otro?

El segundo patrón es el de quien no tolera el límite ajeno. Cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío. Aunque por fuera parezca fortaleza, por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las vacía: los demás se quedan por obediencia o por costumbre, no por deseo.

¿Existe un punto medio entre la sumisión y la imposición?

Entre esos dos extremos hay un punto que no es ni rendirse ni avasallar: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar allí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo casi siempre es menor que sus alternativas: el resentimiento crónico o el desgaste de las relaciones por no aceptar la palabra del otro.

¿Se puede cambiar algo que se construyó en la infancia?

Lo más importante es que no se trata de un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro, y para tolerar el "no" ajeno sin interpretarlo como un ataque.

¿En qué cuesta más poner un freno, con desconocidos o con los más queridos?

La respuesta, en la experiencia clínica, suele ser contundente: con quienes más se quiere. Con un desconocido, decir que no es relativamente sencillo. Con un padre, un hijo, un socio o la pareja, el "no" activa el miedo infantil a perder el amor. Por eso, empezar a poner límites casi siempre duele más en el vínculo donde más se necesita.

EC
Emanuel CastilloEducación y universidad

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