Dolina, el doctor que se hizo en la madrugada de la radio
La Universidad de Buenos Aires distinguió al escritor, músico y conductor con el Doctorado Honoris Causa, en una ceremonia atravesada por la música, la amistad y la palabra que se vuelve mito.

Lo dijo él mismo, hace muchos años, en una de esas madrugadas interminables que todavía hoy repiten miles de oyentes en archivos caseros: "Cuentos del Ángel Gris, y otros relatos". La frase, convertida en refugio para varias generaciones, volvió a escucharse el viernes por la tarde en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, pero esta vez no salió de un viejo cassette ni de un pódcast bajado a las apuradas, sino del atril desde el cual la Universidad de Buenos Aires distinguió a Alejandro Dolina con el título de Doctor Honoris Causa, la máxima distinción académica que otorga esta casa de estudios que está cumpliendo 205 años.
El acto fue sobrio, emotivo, cuidadosamente Cronopiado, como diría el propio Dolina. Sobre el escenario,además de las autoridades de la facultad y del rectorado, lo acompañaron el psicoanalista Gabriel Rolón —con quien protagonizó un conversatorio al finalizar la entrega—, docentes, estudiantes y una cantidad inusual de público que colmó las butacas del auditorio de la calle Santiago del Estero, muchos de ellos con libros bajo el brazo a la espera del momento de la firma o la foto, esa liturgia moderna que se parece bastante a un abrazo.
Una distinción que se venía cocinando desde el año pasado
La propuesta había sido impulsada formalmente en 2024 por la Facultad de Ciencias Sociales, a través de una resolución en la que se detalla el recorrido de Dolina por los estudios de Letras, Historia y Música en la misma universidad, sus publicaciones —entre ellas "Crónicas del Ángel Gris" y "Notas al pie"— y una colección de premios que incluye el Martín Fierro de Oro 2022, cuatro premios Argentores, el Konex Diploma al Mérito de 1991 y la declaración como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2001.
“Es uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia: la cuenta oficial convive con grabaciones subidas por oyentes durante décadas, que se reproducen de manera totalmente espontánea.”Larisa Kejval, directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación
El laudatio, leído por Kejval, se detuvo en un fenómeno muy peculiar de la cultura popular argentina, que vale la pena subrayarlo: que el nombre de Dolina se haya convertido en adjetivo y en verbo de uso corriente, y que en el barrio de Flores haya una plaza bautizada con el nombre de uno de sus personajes, el Ángel Gris, en lugar del propio. "Es el triunfo de la prosa", se afirmó en el texto leído en la sala, una definición que suena a boutade pero que, en realidad, condensa cinco décadas de oficio nocturno.
La UBA y su tradición de honrar a la cultura popular
- Charly García, reconocido en 2025 por la Cátedra de Música Popular de la carrera de Artes.
- Carlos "Indio" Solari, distinguido ese mismo año en la Facultad de Ciencias Médicas, apenas veinte días antes de su muerte.
- Alejandro Dolina, incorporado a esa lista en la Facultad de Ciencias Sociales.
Mirando lo que uno ve desde esta redacción, la coincidencia no parece casual: en menos de un año la Universidad de Buenos Aires eligió a tres figuras que, cada una a su manera, leyeron la Argentina desde la música popular y desde la palabra escrita. Tres nombres que llevan décadas sonando en casas, en bares, en auriculares, antes de llegar a los auditorios académicos. Y lo hicieron sin pedir permiso, construyendo su propia universidad a fuerza de público.
Ahora bien, hechas las presentaciones, queda la pregunta que toda distinción de este tipo siempre deja flotando en el aire, y que uno, como lector curioso, no puede evitar formularla: ¿qué otros referentes de la cultura popular argentina merecerían, en lo que a uno le toca, una distinción académica de este calibre? Lo dejo planteada en primera persona, porque me cuesta formularla de otro modo y porque el espíritu doliniano lo permite: pienso en Lali Espósito, que volvió a poner a la Argentina en el mapa del pop internacional; pienso en Fito Páez, que acaba de editar un disco enorme en homenaje a Rosario; pienso en Liliana Herrero, que cantó como nadie las palabras de María Elena Walsh. Pero, sobre todo, pienso en esos artistas que todavía no están en los manuales de la academia y que, sin embargo, ya están en la memoria colectiva de varias generaciones. A veces lo más valioso que puede hacer una universidad es certificar lo que la calle ya sabe.
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