Dos años sin Daniel Fanego: Manu honra la memoria de su padre con fotos, recuerdos y un rito que viaja de escenario en escenario
A dos años de la muerte del actor, su hijo Manu repasó en redes sociales la huella que dejó en su vida y en su oficio: desde una infancia con mastik y talco hasta el golpe a las tablas antes de cada función. La nota rescata esa genealogía teatral y la cita pendiente con Camila para almorzar y recordarlo juntos.

Antes de salir a escena, Manu Fanego hace algo que aprendió mirando a su padre: golpea suavemente las tablas del escenario, como quien llama a la madera y, al mismo tiempo, saluda a quien ya no está. Es un gesto chico, casi íntimo, pero en estos dos años sin Daniel se transformó en una especie de ritual de paso, en una manera de decir “voy a entrar a escena y te llevo conmigo”, y por eso me parece que resume mejor que cualquier frase larga la clase de vínculo que padre e hijo construyeron alrededor del teatro, que para ellos nunca fue sólo un trabajo sino una forma de habitar el mundo.
El actor eligió las redes para recordarlo al cumplirse el segundo aniversario de su muerte, el 19 de septiembre, y lo hizo como sabía: con imágenes, con escenas de la vida familiar y con el tono entrañable de quien repasa una historia en voz alta. Escribió que cada día siente más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá, y contó que ese mediodía almorzaría con su hermana Camila para conversar sobre él, mantenerlo presente en la mesa, en la charla y en la risa, que es una de las maneras más sanas y más argentinas que existen de honrar a alguien que se fue.
Un álbum familiar que también cuenta una historia teatral
- Una foto de Daniel abrazando a Manu cuando era chico, en blanco y negro, donde se ve la proximidad cotidiana de una casa donde el teatro entraba y salía como un personaje más.
- Una imagen de Manu con sus propios hijos, que muestra cómo la paternidad se hereda también en los gestos y en la manera de mirar.
- Una foto de padre e hijo junto al mar, en un descanso fuera de la ciudad, en esa pausa que tantas veces aparece en la vida de los actores entre gira y gira.
- Un retrato tomado poco antes del fallecimiento, donde Daniel aparece con la serenidad de quien ya atravesó mucho y sabe poner el cuerpo en cada papel hasta el final.
Entre esas imágenes hay una que para mí resume la película entera: Manu de chico, en una escuela, disfrazado para una acto por el Día de la Bandera, con un bigote y unas canas postizas armados con talco y un adhesivo que cualquier actor argentino conoce bien, ese mastik de olor inconfundible que quedó pegado para siempre a los camerinos y a la memoria de quienes alguna vez se maquillaron para jugar a ser otro. Daniel lo ayudó a preparar el personaje, a practicar el texto y a resolver la caracterización, y lo hizo con la paciencia de quien sabe que el oficio se transmite así, en los detalles más pequeños, en la primera prueba frente al espejo, en el primer error de maquillaje que después se vuelve anécdota familiar.
“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego
Ese aprendizaje temprano tuvo su punto más alto en 2012, cuando padre e hijo compartieron escenario en El vuelo del Cóndor, una obra del ciclo Teatro por la Identidad en la que ambos interpretaron distintas etapas de la vida de Pablo Podestá, el gran actor rioplatense. Manu lo contó tiempo después, en una publicación por el Día del Padre, y lo definió como una experiencia única: subir juntos a un escenario, mirarse de verdad, escucharse respirar y comprobar que lo que se hereda no se mide en premios ni en aplausos sino en la cantidad de silencios compartidos, y eso, para una familia de actores, vale más que cualquier elogio en una crítica.
La huella de Daniel, de la pantalla a las tablas
Daniel Fanego murió a los 69 años en su casa, rodeado por familiares y amigos, según contó su hijo al comunicar la noticia, y dejó una carrera que recorre el cine, la televisión y el teatro con títulos que muchos lectores de entre cuarenta y sesenta años seguro tienen guardados en la memoria: El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel, entre otros. Cada uno de esos trabajos muestra a un actor de técnica precisa, de presencia sobria, de esos que dicen mucho sin levantar la voz, y por eso su ausencia se siente todavía en cada obra donde algún colega repite, casi sin darse cuenta, alguno de sus trucos de escenario.
Si nunca viste a Daniel Fanego en una sala, te lo recomiendo: buscá una de sus últimas entrevistas, una de esas donde hablaba del trabajo con los demás, del respeto por el texto y por el compañero, y vas a entender por qué su hijo golpea las tablas antes de cada función. No es un capricho ni una superstición: es la manera que encontró Manu de seguir conversando con él, de llevar su nombre a escena y de demostrar, otra vez, que en el teatro argentino las familias no se eligen sólo por la sangre, sino también por las tablas que pisan juntos.
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