El clásico que se negó a tener heredero: los cuatro intentos de revivir a Casablanca
A lo largo de más de cuatro décadas, Warner Bros. encaró al menos cuatro proyectos para darle continuidad al film de 1942. Entre un guion de posguerra, una negativa de Truffaut, una secuela escrita por un guionista original y la insistencia de la familia dueña del estudio, ninguno prosperó. La sombra de Bogart e Ingrid Bergman resultó demasiado larga.

Como me dijo una vez un viejo proyectorista de un cine de calle Corrientes, mientras rebobinaba una copia en blanco y negro: "Hay películas que no se terminan cuando se apagan las luces, sino cuando uno acepta que nadie las va poder repetir". Esa sensación, esa certeza de estar ante algo irrepetible, es la que persiguió durante décadas a los ejecutivos de Warner Bros. cada vez que intentaron volver a Casablanca. Y fueron varias las veces que lo intentaron, créanme.
Un guion que soñaba con el África ecuatorial
El primer intento llegó casi en simultáneo con el estreno original, en aquel 1942 que iba a cambiar la historia del cine. El estudio, confiado en el éxito que se venía, encargó a Frederick Stephani un guion titulado Brazzaville, pensado como secuela directa del film. La idea era recuperar a Humphrey Bogart en el papel de Rick, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, el competidor del casino. La historia retomaba la conversación final entre los dos protagonistas en la pista del aeropuerto y se animaba a explorar qué le pasaba al Rick de Bogart una vez que Ilsa se iba en ese avión envuelta en la niebla.
Pero el proyecto chocó con un problema de raíz: los responsables descubrieron que uno de los giros centrales, revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, contradecía de manera frontal la evolución emocional del personaje en la película original. Y aquello que hacía grande a Casablanca, esa ambigüedad moral tan humana, no sobrevivía a la explicación. El guion se archivó y el tiempo fue pasando.
La negativa de un francés que sabía demasiado
Habría que saltar hasta 1973 para encontrar el segundo intento serio. Por aquellos años, el estudio evaluó producir un remake y le ofreció la dirección a nada menos que François Truffaut, el gran cineasta francés que por entonces venía de firmar películas enormes. Truffaut rechazó la propuesta con un argumento que, visto desde acá, parece un epitafio anticipado del proyecto: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y a Ingrid Bergman era prácticamente imposible, y el cariño que el público estadounidense le profesaba al film volvía todavía más difícil justificar una nueva versión. La negativa de Truffaut enfrió la iniciativa y la remake se cayó antes de empezar.
Un hijo perdido en el desierto
El tercer intento fue, según mi lectura, el más elaborado de todos y el que más cerca estuvo de concretarse. Llegó en los años ochenta, de la mano de Howard Koch, uno de los guionistas del filme original, que escribió el tratamiento de una secuela titulada Return to Casablanca. La premisa era emotiva de principio a fin: la historia se ambientaba dos décadas después de los hechos de la primera película y seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su verdadero origen y viajaba a Oriente Próximo en busca de su padre biológico.
Koch contaba incluso con Ingrid Bergman para interpretar a una Ilsa ya entrada en años, lo cual le daba al proyecto un aire de cierre emocional que hoy, a la distancia, suena casi como un capricho del destino. La muerte de la actriz, en 1982, obligó a modificar el planteamiento. Warner revisó el material, lo rechazó, y Koch volvió a la carga con una versión revisada presentada en 1989. También fue rechazada. Y con eso se cerró la puerta que más cerca había estado de abrirse.
La insistencia de la familia y el veredicto del público
El cuarto y último intento del que se tiene registro vino de la mano de Cass Warner, nieta de uno de los fundadores del estudio. La propia familia dueña de Warner Bros. intentó relanzar la idea, en lo que parece un gesto casi sentimental, como si quisieran demostrar que la película podía sobrevivir a sus propios creadores. Una vez más, la respuesta fue negativa, aunque dejaron la puerta entreabierta: el estudio reconsideraría el proyecto si aparecía un director dispuesto a llevarlo adelante. Ese director nunca apareció, o al menos nunca se conoció públicamente.
Si uno mira las cuatro tentativas en conjunto, lo que aparece no es un problema de falta de ideas ni de dinero ni de voluntad. Es un problema estructural, y los propios movimientos del estudio lo reconocen sin quererlo. La resistencia de Casablanca a cualquier no responde a la pereza creativa sino al impacto mismo del film, que descansa en un final que no pide continuación, en una despedida que ya le dijo todo al espectador. Como me dijo otra vez aquel proyectorista, en otra noche de madrugada y de nacho: "A veces lo mejor que le puede pasar a una historia es que se termine como tiene que terminar". Y a eso, ni siquiera Warner Bros., con todo su poder, pudo ganarle.
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