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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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"El mal hijo": el debut de Jaime Lorente como director navega entre la sensibilidad de un primer acto y la repetición de un género ya muy transitado

La ópera prima del actor español propone una historia de abandono y vínculos familiares ambientada en Murcia que arranca con pulso auténtico pero pierde su voz propia cuando se interna en los territorios del thriller narco y el cine negro. Un debut con aciertos genuinos lastrado por un giro genérico que ya fue recorrido con más convicción.

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Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
"El mal hijo": el debut de Jaime Lorente como director navega entre la sensibilidad de un primer acto y la repetición de un género ya muy transitado

Hay una frase de Humphrey Bogart, pronunciada en uno de los tantos filmes negros que cimentaron el género, que podría servir como advertencia para cualquier director primerizo que decida aventurarse por esos mismos pasillos: "El problema con el mundo es que todos tienen un plan hasta que se llevan el primer puñetazo en la boca". El debut detrás de cámara de Jaime Lorente, la película "El mal hijo", parece llevar esa máxima escrita en algún pliego de instrucciones que, por momentos, sigue al pie de la letra y, por otros, decide ignorar. Porque la ópera prima del actor español, conocida sobre todo por sus papeles en "Élite" y la saga de "El Cid", arranca con una sensibilidad que atrapa y un oído atenta a los matices de la infancia, pero termina entregando un thriller de narcotráfico que ya hemos visto demasiadas veces en pantallas de todo el mundo.

Un primer acto que respira autenticidad

La película sitúa su arranque en Murcia, en un barrio donde un niño llamado Rubén queda abandonado por su padre y termina siendo criado por una abuela que, en lugar de discursos grandilocuentes, le ofrece presencia, paciencia y esa clase de gestos mínimos que sostienen una vida. Lorente filma esos primeros minutos con una cámara que se acerca sin invadir, que observa los patios, las cocinas, los silencios entre adultos mayores y niños con la naturalidad de quien sabe que la emoción más honda suele esconderse en los detalles. Hay una ceremonia vista a través de una puerta entreabierta, hay una conversación entre chicos al anochecer, hay un plano sostenido sobre las manos de la abuela preparando la mesa que funcionan como pequeñas estampas de una memoria barrial concreta, con sus ritos y sus miserias cotidianas. Es en ese tramo inicial donde la película se siente única, dueña de una voz propia que, por unos minutos, nos hace creer que estamos frente a algo distinto dentro del cine español de dramas familiares.

El salto temporal que lo cambia todo

El problema aparece cuando la historia decide saltar varios años hacia adelante y mostrarnos a Rubén ya convertido en un joven adulto. A partir de ese cambio, la película entra en una zona completamente distinta: la de las mafias, el tráfico de drogas, las persecuciones nocturnas y los personajes secundarios que aparecen y desaparecen como figurantes de un género que, sinceramente, viene pidiendo aire nuevo desde hace rato. Lo que Lorente había construido con paciencia y detalle, esa atmósfera de hogar frágil y vínculo reparador entre nieto y abuela, queda subordinado a una trama de movimientos sospechosos, transacciones en garages oscuros y amenazas con teléfonos que suenan a deshora. Y lo más doloroso de ese giro no es que la película deje de funcionar, sino que deja de sonar como ella misma: la voz particular del primer acto se diluye y aparece, en su lugar, el eco de mil películas que ya transitaron ese camino.

  • La sensibilidad del primer tramo: infancia filmada con oído atento, vínculos familiares construidos con detalles mínimos y una Murcia que funciona como personaje más que como decorado.
  • El salto al thriller narco: un giro genérico que se apodera de la segunda mitad y que reemplaza la calidez inicial por una acumulación de tensión externa que termina por desgastarse.
  • Los personajes secundarios del tramo adulto: figuras construidas con los trazos gruesos del cine negro de manual, sin el espesor que la primera parte de la película parecía prometer.
  • El trabajo de composición visual: algunos planos revelan a un director con criterio propio, aunque la inexperiencia se nota en las escenas de acción donde la tensión se diluye en lugar de crecer.
SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos

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