La noche en que Flórez le cantó a Gardel en el escenario del Colón: una velada donde la ópera y la canción popular se dieron la mano
El tenor peruano volvió al Teatro Colón con un programa que mezcló a Mozart, Rossini y Donizetti con guitarreadas de bises, y habló de cómo sus raíces musicales y su trabajo social con jóvenes se entrelazan con su carrera lírica. Un repaso en primera persona por una velada que confirmó que las fronteras entre géneros son más porosas de lo que suelen admitir las carteleras.

Confieso que cada vez que un tenor de fuste internacional anuncia fecha en el Teatro Colón se me despierta esa mezcla de expectativa y escepticismo que arrastramos los que vamos a la ópera desde hace décadas: uno ya escuchó todo, cree haberlo visto todo, y sin embargo termina llegando al palco con el corazón abierto como si fuera la primera vez. Eso me pasó el otro día con Juan Diego Flórez, que volvió al Colón con un programa que era una declaración de intenciones desde la primera nota: la ópera en su máxima exigencia formal, pero también la canción criolla, la trova, el rock y hasta el tango asomándose entre los bises, como viejos amigos que se cuelan en una fiesta demasiado formal para terminar recordándole a uno que la música, antes que cualquier etiqueta, es un modo de estar vivo.
La velada tuvo algo de regreso a casa para un cantante que ha hecho del Colón una de sus plazas favoritas en la región, y que esta vez eligió un repertorio que cruza a Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod con un cierre en el que la guitarra, ese instrumento que él mismo tocaba a los quince años mientras escribía sus primeras canciones, tomó el escenario para regalarle al público fragmentos de Gardel y de Chabuca Granda, esa peruana enorme que también le pertenece a la historia emocional de toda Latinoamérica. Lo notable es que Flórez no presentó las canciones populares como un guiño condescendiente ni como un souvenir folklórico para los bises: las integró como parte de su propia biografía, con la naturalidad con la que uno canta en la cocina lo que aprendió de chico, y eso, créanme, se nota desde la primera estrofa.
Un repertorio que se arma también en el camarín
Hay algo que me parece fascinante de cómo trabaja este cantante, y que él mismo contó en diálogo con la prensa: muchas de las canciones que suma a sus recitales no están fijadas de antemano en la partitura, sino que se definen a último momento, incluso probando temas en el camarín instantes antes de salir a escena. Puede decidirlas por la melodía, por la letra o por el recuerdo que le despiertan, y eso vuelve cada función un hecho irrepetible, casi una conversación íntima con el público. Esa es la diferencia, pienso yo, entre un cantante que ejecuta y un cantante que comparte: la ópera técnicamente impecable convive con la certeza de que hay una historia personal sosteniendo cada nota.
- Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod en la primera parte, con la exigencia vocal que el Colón siempre reclama.
- Un cierre con guitarra en el que aparecieron Gardel y Chabuca Granda como invitados ilustres de su propia historia.
- Un confesión del tenor: en su casa se escuchaba música criolla, y a los quince ya tocaba la guitarra y escribía canciones propias.
- Sinfonía por el Perú como extensión de su mirada pedagógica: la música como herramienta de confianza y de escucha para chicos y jóvenes.
“La preparación vocal sirve para comunicar lo que vive cada personaje y acercar al público historias cuyos sentimientos siguen siendo reconocibles aunque hayan sido escritas siglos atrás.”Juan Diego Flórez
Esa frase que dejó Flórez, y que condensa mucho de lo que pienso sobre la buena ópera, me parece la clave para entender por qué su propuesta sigue funcionando aun cuando el género vive debates interminables sobre su vigencia. Los sentimientos, dice él con razón, no caducan: el amor, los celos, la pérdida, la rebeldía de ciertos personajes rossinianos, la elegancia doliente de un aria de Donizetti, siguen hablándole a cualquiera que se siente en una butaca, y un cantante con su oficio se ocupa de recordárnoslo nota por nota. A mí, que llegué al Colón con la mochila cargada de otros recitales y de ciertas prevenciones, me terminó conquistando esa manera de habitar el escenario sin soberbia pero con absoluto dominio de lo que está haciendo: uno siente que sabe dónde está parado y, sobre todo, sabe por qué está parado ahí.
La música como herramienta social
Quiero detenerme también en el otro eje de la conversación, que a mí, lectora habitual de estas páginas y descreída de los artistas que se limitan a pasar el micrófono, me resulta especialmente valioso: su trabajo con Sinfonía por el Perú, el programa que impulsa desde hace años con chicos y jóvenes en situación de vulnerabilidad. Flórez lo dijo con una sencillez que a veces desarma: la música enseña a escucharse, a confiar, a trabajar con otros, y esas herramientas les quedan para toda la vida, más allá de que terminen cantando profesionalmente o no. Y agregó algo que me pareció una declaración de principios: para él la enseñanza abre posibilidades que exceden el aprendizaje de un instrumento, porque enseña a habitar el mundo de otra manera. Me parece, sinceramente, uno de los mensajes más nobles que escuché en un foyer luego de un concierto, y un motivo más para seguir prestándole atención a este tenor que, además de prodigioso, parece genuinamente comprometido con devolver algo de lo que la música le dio.
Antes de cerrar, una recomendación en primera persona, como suelo dejarles cuando la ocasión lo amerita: si andan por Buenos Aires y aparece una nueva fecha de Flórez en cualquier sala del país, no la dejen pasar. El Colón fue una vez más el marco ideal, con esa acústica que no perdona y que al mismo tiempo consiente a quien sabe usarla, pero el verdadero espectáculo fue ese artista que se animó a bajarse del pedestal operístico para cantar a Gardel con la misma devoción con la que aborda a Rossini, y que además se sentó a conversar con la prensa como si estuviera tomando un café con amigos. A mí me sigue ganando la ópera cuando se parece a la vida, y esta velada se le parecía bastante. Quedo, como siempre, a la espera de la próxima función y de la próxima conversación.
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