La noche interminable de Anatolia: cuando el cine se atreve a no tener prisa

Arranco esta nota como me gusta arrancar las cosas que me importan: con una frase que se me quedó pegada después de ver la película. La dijo uno de los policías, ya sin aliento, mientras la comitiva atravesaba otra vez ese campo que parecía no terminar nunca. "No es que no encontremos el cuerpo", murmuró, como hablándole a la estepa. "Es que esta noche no se termina nunca." Y uno, del otro lado de la pantalla, entiende perfectamente de qué está hablando.
Érase una vez en Anatolia no es una película que se pueda contar en un párrafo sin traicionarla, y sin embargo su punto de partida es casi obsceno por lo sencillo: un fiscal, un médico forense y un puñado de policías salen de noche con el asesino y su cómplice a buscar el cuerpo de una víctima en alguna parte de las estepas turcas. El problema, claro, es que los dos sospechosos estaban borrachos cuando enterraron el cadáver y no recuerdan el lugar exacto. Lo que sigue es una travesía larga, polvorienta y deliberadamente frustrada por un paisaje que parece sacado de un sueño pesado.
Una película que se mide en cansancio
Acá es donde el cine de Nuri Bilge Ceylan, un director al que el público argentino fue descubriendo de a poco pero con devoción, lleva su estilo hasta un punto que a algunos les resultará insoportable y a otros les va a cambiar la cabeza. El realizador es conocido por un ritmo pausado, por una observación rigurosa de lo cotidiano, por esa manera que tiene de quedarse mirando lo que otros filmes cortarían sin pensarlo. En Érase una vez en Anatolia esa marca se vuelve el corazón del relato. La duración, dos horas y media, no se justifica por una trama complicada sino por una mirada que se niega a apurarse.
Las conversaciones que llenan el trayecto parecen triviales en la superficie: alguien cuenta una historia de la juventud, alguien se queja del café, alguien se distrae con una luz que aparece a lo lejos. Pero esas conversaciones van acumulando peso mientras avanza la noche. La oscuridad del campo turco funciona menos como decorado y más como un estado de ánimo, algo que se respira. La tensión, cuando aparece, no viene de los giros del plot sino de la acumulación lenta de humanidad rota que se va derramando entre los personajes.
Qué mirar mientras la buscan
- La cara del asesino cuando cree que lo están mirando y la cara del fiscal cuando se da cuenta de que ya no le importa el caso.
- Los relatos personales que van apareciendo entre un pozo seco y otro: parecen relleno, pero terminan siendo el verdadero asunto de la película.
- El momento en que la comitiva se detiene y la cámara se queda en una charla que no avanza: ahí se entiende para qué sirve la duración.
- La luz de las linternas contra el polvo, que Ceylan filma como si fuera un personaje más.
El resultado es una película que incomoda a quien espera aceleración y recompensa a quien acepta sus condiciones. La angustia que construye no es la del suspenso clásico sino algo más cercano al agotamiento existencial: personas que conviven a diario con el crimen y la muerte, y que, de tanto mirarlas, van perdiendo la capacidad de mirarse entre sí. La película obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y es, hoy, una de las obras centrales del cine turco contemporáneo. Está disponible para ver en la plataforma Filmin, lo cual es una buena noticia para quienes, como yo, la tenían pendiente desde hace años.
“No es que no encontremos el cuerpo. Es que esta noche no se termina nunca.”Un personaje de Érase una vez en Anatolia
Si me preguntan a mí, les digo que la vean de noche, solos, sin celular al lado, y que se preparen para una experiencia que no se parece a casi nada de lo que ofrece el streaming masivo. No es una película para todos los ánimos, y está bien que sea así. Pero a quien le guste el cine que se queda pensando días después, le va a hacer bien. Después me cuentan.
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