Lucas Grijander, el espejo que Chiquito no eligió mirar
El documental "El otro Chiquito" indaga en la huella del humorista malagueño y en la pelea legal que enfrentó a su entorno con Florentino Fernández por un personaje que lo homenajeaba, a su manera, demasiado en serio.

"¡Por la gloria de mi madre!", solía exclamar Gregorio Esteban Sánchez, más conocido como Chiquito de la Calzada, cada vez que una situación le parecía atravesada por el absurdo más absoluto. Esa frase, y tantas otras que durante años hicieron reír a buena parte de los hogares españoles, regresan ahora a la pantalla desde una esquina inesperada: un documental que no se limita a repasar la carrera del comediante, sino que se interna en una disputa judicial que sacudió los códigos del humor televisivo y que todavía invita a pensar qué fronteras separan la admiración de la apropiación.
Una idea que nace en la mesa de un guionista
La película lleva la firma de Diego San José como responsable de la idea original, un nombre asociado a comedias que suelen radiografiar la cultura popular con la misma precisión con la que Chiquito dosificaba sus silencios antes de un remate. Ese ojo clínico se nota en el armado: la propuesta no se queda en el chisme mediático, sino que arma un rompecabezas donde entran desde los orígenes del humorista malagueño hasta las idas y vueltas de un expediente que terminó dirimiéndose en los tribunales.
El centro de la tormenta es Lucas Grijander, un personaje interpretado por Florentino Fernández en el recordado programa "Esta noche cruzamos el Mississippi". Fernández, que ya venía demostrando su capacidad para los registros más desopilantes, construyó a Grijander a partir del repertorio gestual y lingüístico de Chiquito: el mismo particular vocabulario, los mismos movimientos de manos, esa manera tan suya de contar un chiste como si la realidad se hubiera vuelto levemente delirante. La imitación funcionó en la pantalla, hizo reír, y también dio pie a una saga comercial con productos asociados, giras por toda España bajo el rótulo de "Lucas y sus janders" y un sinfín de imitaciones dentro de la imitación.
Testigos que ayudan a armar el cuadro
El documental apela a un abanico de voces para ordenar el asunto. Entre los testimonios aparecen los de Manuel Jabois, Ramón García y Juan Y Medio, que aportan tanto análisis del paisaje televisivo de la época como recuerdos personales. También se suman los de Fernández y Pepe Navarro, dos figuras centrales del caso, además de las presencias inesperadas de Celia Villalobos y Mario Conde, que completan el mosaico con sus propias lecturas sobre lo ocurrido.
- El paso del flamenco y los tablaos malagueños a los escenarios televisivos de alcance masivo.
- La construcción de un idioma propio, con palabras y giros que terminaron incorporándose al habla coloquial.
- El ida y vuelta con el público, que convirtió sus apariciones en un fenómeno cultural difícil de repetir.
- La tensión entre homenaje humorístico y disputa legal por el uso comercial de su figura.
A lo largo de sus primeros tramos, la narración se toma el tiempo de reconstruir el ascenso de Chiquito: cómo fue mutando su humor, de qué manera se apoyó en la sorpresa y en un físico pocas veces tenido en cuenta por la televisión para armar un personaje que, en definitiva, terminó siendo él mismo con las luces encendidas. Recién después de presentado ese recorrido, la película entra de lleno en el juicio, lo que le permite mostrar el conflicto no como un hecho aislado, sino como la colisión entre dos maneras de entender el humor y la propiedad de una identidad artística.
Quien nunca haya visto a Chiquito de la Calzada en acción va a encontrar en "El otro Chiquito" un portal de entrada amable y riguroso, ideal para entender por qué su figura trascendió la pantalla. Y quien lo haya seguido durante años, en cambio, va a toparse con la pregunta incómoda que el documental deja flotando: cuando alguien se convierte en referencia cultural, ¿dónde termina el homenaje y empieza la copia? Una reflexión que, me animo a decir, a esta redactora le dejó pensando más de lo esperado, y que vale la pena hacerse mientras dure la función, con pochoclo de por medio y la risa todavía haciendo eco de aquel grito eterno: ¡Por la gloria de mi madre!
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