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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Pipa, el balneario de los once rostros que los surfistas le descubrieron al noreste de Brasil

Donde los portugueses veían barriles, hoy hay un pueblo costero del estado de Rio Grande do Norte que combina delfines en la orilla, un acantilado con forma de corazón y dunas del otro lado del río. Una guía para llegar desde Buenos Aires, moverse entre sus playas y comer la moqueca que los pescadores siguen cocinando al atardecer.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Pipa, el balneario de los once rostros que los surfistas le descubrieron al noreste de Brasil

"El mar es el mismo de siempre, lo que cambia es la mirada con que lo miramos", decía Atahualpa Yupanqui en una de esas frases que vuelven cada vez que uno se para frente a una costa que todavía no fue del todo conquistada por el turismo masivo. Esa descripción me sirvió como norte mientras recorría el material que llegó a la redacción sobre Pipa, ese pueblo del estado de Rio Grande do Norte que crece despacio desde que los surfistas lo descubrieron en los años ochenta y que hoy organiza su litoral en once playas con perfiles bien distintos, desde el oleaje fuerte de la Praia do Amor hasta las pozas naturales que deja la bajante en la Praia do Centro.

Lo primero que me llamó la atención es la historia del nombre, porque suele pasar que los topónimos costeros terminan olvidados y este no. Los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII vieron desde el mar un acantilado con forma curva que les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus barcos. En portugués de Portugal, "pipa" significa exactamente eso: barril. Con los siglos, la palabra quedó como nombre del pueblo y uno termina llegando a la playa con la sensación de que está entrando a un lugar con pasado, no solo con arena.

Un pueblo que fue de pescadores y se abrió sin perder escala

Durante décadas, Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores. En los años ochenta la descubrieron los surfistas, el rumor se extendió de ola en ola y el lugar comenzó a crecer sin perder del todo la escala humana que lo distingue de otros destinos de playa del Brasil. Esa fisonomía de pueblo chico, con su avenida principal convertida en peatonal al caer la tarde, es parte de lo que lo hace distinto y de lo que muchos visitantes argentinos, sobre todo los que ya conocen Buzios o Maragogi, valoran especialmente.

  • Praia do Amor: la más fotografiada, debe su nombre a la silueta de corazón que dibuja vista desde lo alto del acantilado. El oleaje es más intenso que en el resto y es la preferida de quienes surfean. Se llega por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.
  • Praia do Centro: la versión más calma, con aguas tranquilas, pozas naturales que aparecen con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen trabajando junto a los turistas.
  • Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se pueden ver sin excursión ni guía, lo que la convierte en una de las postales más buscadas del lugar.

Del otro lado del río: dunas, cajueiros y playas casi sin nombre

Para quienes se animan a moverse un poco más, cruzar en balsa hacia Tibau do Sul abre otro paisaje: dunas extensas, cajueiros entre médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim. El paseo en buggy por ese litoral cuesta desde 85 dólares por vehículo, hasta cuatro personas, y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de 110 dólares. El ferry suma unos 2 dólares por persona. Es el típico plan para una jornada entera, de esas que arrancan con café en el alojamiento y terminan con los pies todavía llenos de arena en la vereda del pueblo.

Cuándo ir, cuánto sale y cómo llegar desde Buenos Aires

El acceso desde Buenos Aires es directo a Natal y el viaje hasta el pueblo insume alrededor de una hora y media en auto, una distancia razonable que permite combinar la playa con un city tour por la capital potiguar. Los precios de alojamiento van de los 50 dólares la noche en opciones más sencillas hasta los 400 en temporada alta, un rango amplio que deja margen tanto para el viajero que busca economizar como para el que prefiere quedarse frente al mar sin mirar demasiado el ticket final.

La cocina de los pescadores y el ritmo lento de la avenida

La gastronomía local tiene su propio reloj: la mayoría de los locales abre recién a media tarde, reservando la mañana para el mar. La avenida Baía dos Golfinhos se convierte entonces en mesas al aire libre y música en vivo, con olor a leña y a coco tostado que se mezcla con la brisa. El plato de referencia de la cocina potiguar, como se llama a la del estado de Rio Grande do Norte, es la moqueca: un guiso de pescado que los pescadores siguen cocinando en olla de barro y que aparece en casi todas las cartas de la villa.

Si me preguntan a mí, les digo que Pipa es de esos lugares a los que conviene ir con un plan abierto: dos o tres playas por día, una moqueca al atardecer en la avenida y, si el cuerpo aguanta, una tarde completa de buggy cruzando el río hacia las dunas. Recomiendo llevar protector, calzado con suela para bajar al acantilado del Amor y, sobre todo, armarse de paciencia para los horarios locales: quien respete el ritmo del pueblo termina entendiendo por qué los surfistas de los ochenta lo eligieron y por qué todavía, varias décadas después, sigue sin parecerse a ningún otro balneario del nordeste brasileño.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos

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