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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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Veintisiete años después, la secuela de Prácticamente magia vuelve a las salas con el favor del público que supo construir sola

La continuación de la fantasía de 1998 con Sandra Bullock y Nicole Kidman mejora la nota del público en su estreno y lidera la taquilla en Estados Unidos, aunque la crítica la recibió con tibieza y los 75 millones de presupuesto obligan a pensar en un recorrido largo, como el que tuvo la primera entrega.

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Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Veintisiete años después, la secuela de Prácticamente magia vuelve a las salas con el favor del público que supo construir sola

Hay una frase que flota en mi memoria cada vez que el cine vuelve a enamorar con viejas historias: «Hubo un tiempo en que los hombres y los animales eran una sola cosa, y cada uno era una parte del todo». La decía Sally, la protagonista de Practical Magic, en aquella película de 1998 que Warner Brothers llevó a las salas casi sin hacer ruido y que, con el correr de los años, se volvió un objeto de culto para miles de mujeres que la encontraron en videoclubes, en retransmisiones de cable y en reuniones de amigos. Ahora, casi tres décadas después, la secuela llegó a los cines y lo hizo con una particularidad que me llamó la atención: el público la aprueba mejor que a la original.

El sistema CinemaScore, esa encuesta que se hace a la salida de las funciones del viernes por la noche, le otorgó a la nueva entrega una B+. La primera película, en 1998, se había tenido que conformar con una B-. La diferencia parece pequeña en el papel, pero en la lógica de ese sistema significa que la gente salió del cine más conforme, más dispuesta a recomendarla, más cerca de la satisfacción que del arrepentimiento. Es, si se quiere, una revancha postergada de casi treinta años.

Los números que separan a las dos películas

  • CinemaScore: la secuela se llevó una B+; la original, una B-.
  • Rotten Tomatoes: la nueva alcanza el 39% de reseñas positivas; la primera se había quedado en el 31%.
  • Taquilla de estreno en Estados Unidos: la secuela lidera en su fin de semana de apertura.
  • Presupuesto: 75 millones de dólares, una cifra que exige recaudación sostenida para resultar rentable.

En la crítica especializada la mejora existe, pero hay que mirarla con cuidado: del 31 al 39 por ciento hay una brecha que se acorta, no que se agranda. La película sigue dividiendo aguas entre quienes la reivindican como un pasatiempo encantador y quienes la ven como una operación demasiado calculada por la nostalgia. En mi recorrido por las principales cabeceras anglosajonas, las reseñas oscilan entre el «cumple con su cometido» y el «se siente como un cameo muy caro de las estrellas». Ninguna hasta ahora la coloca entre lo mejor del año.

Hay un dato que a mí, como cronista, me parece clave para entender por qué la secuela arranca mejor en la encuesta del público: en 1998 no había fandom esperando la película. La primera entrega llegó casi huérfana a la cartelera, sin una base previa de seguidores, y construyó su leyenda de a poco, VHS mediante, con hermanas que se juntaban a mirar a las tías Owens en su casa de Massachusetts y se reconocían en sus hechizos de amor y en sus maldiciones de hombres. Esta secuela, en cambio, convoca principalmente a esas mismas mujeres, hoy en los cuarenta y los cincuenta, que crecieron con la película y llegan al cine con una predisposición afectiva que difícilmente podía tener un espectador de 1998.

Ahora bien, la pregunta que sobrevuela toda la cobertura es la de siempre: ¿alcanza con el arranque? Warner puso 75 millones de dólares sobre la mesa, una inversión que en el contexto del streaming y los lanzamientos simultáneos se considera moderada, pero que no es menor. Los analistas que consulté coinciden en que la película necesitará varias semanas en cartel y un buen recorrido internacional para considerarse un éxito de taquilla en términos convencionales. La primera entrega, vale recordarlo, fue un fracaso en su estreno y se convirtió en un clásico de culto con el tiempo, un trayecto que ninguna secuela puede darse por garantizado.

Yo, que vi la primera película en su momento en una sala del centro de Buenos Aires y la seguí viendo en cada retransmisión que apareció en la televisión por cable, no puedo evitar cierto optimismo. Ver a Sally y Gillian Owens de nuevo en pantalla, en el mismo pueblo costero de la isla de Massachusetts, con el viento moviendo el pasto y las velas encendiéndose solas, es una pequeña fiesta nostálgica que esta nota no pretende analizar en términos absolutos. Si me preguntan a mí, les digo que vayan. Lleven a una amiga, o a una hermana, o a esa persona con la que vieron la primera cuando todavía tenían veinte años. El cine, después de todo, también se mide en las conversaciones que provoca a la salida. Y esta secuela, al menos por ahora, parece estar generando muchas.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos

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