Cuando bajar de peso se pasa de la raya: lo que el cuerpo empieza a perder de verdad

Son las siete y pico de la mañana en Caballito y Marta ya está en la puerta del club, esperando que abran la puerta de vidrio para entrar a hacer su rutina. Tiene cincuenta y dos, una remera flúor y una historia que me suelta mientras atamos los cordones en el vestuario: "Mirá, yo vengo todos los días, hago pesas y cardio, pero un día una chica del gym me dijo que tenía que bajar el porcentaje de grasa a como dé 21, y casi me muero de hambre intentando, hasta que me empezó a faltar la regla y ahí dije basta". Lo que le pasó a Marta no es un capricho ni una exageración: es exactamente lo que empieza a describir la ciencia cuando uno lleva las reservas de grasa más allá de lo razonable.
El tejido adiposo, esa grasa que muchos insisten en eliminar a cualquier costo, no está ahí por error de la biología. Funciona como un reservorio de combustible, sí, pero también fabrica hormonas y participa en regulaciones que dan por sentado el buen funcionamiento del cuerpo. Cuando uno reduce esas reservas a niveles demasiado bajos, el organismo empieza a tomar atajos que no siempre salen baratos, incluso en personas que entrenan de lunes a sábado como si el mundo se terminara.
Por qué un número en la balanza no dice todo
Un porcentaje de grasa corporal, así, solito, no alcanza para evaluar cómo está compuesta la masa del cuerpo. La edad, el sexo y, sobre todo, dónde se acumula esa grasa cambian por completo la lectura. Una balanza de bioimpedancia, esas que se pisan en el gym con los pies mojados, puede dar resultados distintos según cuán hidratado se esté ese día. Los pliegues cutáneos, que mide la profesora de educación física con ese calibre que parece un alien, no llegan a la grasa que se esconde alrededor de los órganos. Y la densitometría DEXA, que sí distingue entre tejido graso, masa magra y masa ósea, necesita un aparato costoso que no está al alcance del club de la esquina.
“Los mínimos registrados en un estudio con más de setecientos deportistas fueron del 10% en hombres y del 16% en mujeres, lejos del 1% o 2% que se menciona cuando se habla de definición”Tamara Hew-Butler, investigadora de la Universidad Estatal de Wayne
Así y todo, tener menos reservas no significa automáticamente estar en mejor forma. La investigadora Maung, de la Universidad de Míchigan, lo explica con una claridad que da gusto: cuando la restricción de calorías se vuelve intensa y las reservas bajan demasiado, el cuerpo empieza a tirar del músculo para conseguir energía, y de paso perjudica la formación y la reparación del tejido óseo. Lo que se gana por un lado se pierde por el otro, como dice Marta cuando le pregunto qué sacaba en claro: "Yo quería verme marcada y terminé sintiéndome vacía de profesionales."
Detrás de todo esto hay una hormona clave, la leptina, que se produce justamente en el tejido graso. Su tarea es avisarle al cerebro cuánta energía hay disponible. Cuando las reservas caen en picada, esa señal se debilita, y el organismo, como un administrador austero, decide postergar funciones que considera menos urgentes para ahorrar recursos. La biología, cuando uno la escucha, es bastante sabia: no castiga por acumular, pero tampoco perdona cuando se le pide más de lo que puede dar.
Volviendo a Caballito
Antes de irme del club le pregunto a Marta qué cambió desde que prestó atención a esto. Me mira con esa expresión medio ambiente del éxito y me dice: "Ahora como mejor, entreno igual, y hasta me volvió la regla. Capaz no tengo el six pack de la chica del gym, pero tengo energía para subir las escaleras, llevar a los chicos al colegio y bancarme el turno noche de la fábrica. Para mí, eso es estar bien de verdad". Le digo que tiene razón, y le prometo volver a la semana siguiente para ver cómo sigue la rutina.
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