Cuando el diálogo se vuelve negociación: el riesgo de criar sin límites en la infancia
Psicólogas infantojuveniles coinciden en que sostener normas con afecto no es autoritarismo sino una forma de cuidado; sin esa estructura, chicos y chicas pueden quedar más expuestos a la frustración y al desborde emocional.

Vine a buscar a Tomás al colegio y lo encontré con una bronca que le duraba desde la mañana. Mientras esperábamos el colectivo en la parada de siempre, su mamá, Mariana, me contó algo que se repite en casi todas las conversaciones que tengo con vecinos del barrio cuando hablamos de la crianza de los chicos. "Yo con él hablo de todo, le explico todo, y muchas veces termino cediendo porque no lo quiero ver mal", me dijo, con la misma mezcla de cansancio y culpa que uno escucha en la mesa de cualquier casa de Palermo o de Floresta. La escena, chica y cotidiana, me terminó sirviendo para entender por qué dos especialistas a las que llamé para esta nota insisten en algo que parece de manual pero que, en la práctica, cuesta horrores sostener: poner límites a los hijos no es autoritarismo, es una manera concreta de cuidarlos.
Lo que está pasando, según lo que me contaron, es que muchas familias fueron reemplazando las órdenes y los castigos por el diálogo, y eso está bien. El problema aparece cuando ese diálogo se transforma en una negociación permanente y el adulto deja de sostener su propio lugar. Ahí es donde, dicen, empieza a quedar un hueco que después se nota en la escuela, en la plaza o en la mesa familiar. La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo explica con una frase que me quedó dando vueltas: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso".
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
Cuando le pregunté por la diferencia, Raschkovan fue tajante: el autoritarismo es un abuso de poder, mientras que la autoridad se sostiene en el buen trato y en reglas que se cumplen. Respetar a un niño o a un adolescente, agregó, no equivale a dejarlo hacer lo que quiera; el respeto está en el vínculo, no en la ausencia de normas. La idea no es nueva: ya en los años sesenta la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen ordenando el debate.
- Estilo autoritario: reglas rígidas, poca escucha y poco margen para el diálogo.
- Estilo permisivo: mucho afecto, pero límites difusos o directamente ausentes.
- Estilo democrático o autoritativo: combina normas claras, contención afectiva y conversación.
El tercer estilo es el que la mayoría de los especialistas recomiendan como punto de equilibrio, y es el que mejor describe lo que Raschkovan y la psicóloga Deborah Bellota defienden en su práctica clínica. Lo que me llamó la atención es que ambas describen casi el mismo cuadro cuando los límites faltan: padres y madres muy afectuosos que terminan cediendo por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica, advirtió Bellota, puede favorecer la autoestima del chico pero también deja afuera algo clave: la capacidad de autorregularse, la tolerancia a la frustración y el aprendizaje de convivir con figuras de autoridad.
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Lo que rescato de las dos conversaciones es que esa tolerancia no aparece sola ni de un día para el otro: se aprende, y se aprende sobre todo en un entorno seguro donde alguien sostiene el "no" y se queda al lado. Si eso no ocurre, los chicos pueden quedar sin herramientas emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando salen de la casa. Por eso, cuando vuelvo a la parada del colectivo y le pregunto a Mariana qué le gustaría cambiar, me responde algo que sintetiza bastante lo que escuché de las especialistas: "No quiero dejar de hablar con él, pero tampoco quiero que cada pelea la termine ganando él por cansancio mío". Es, en definitiva, la tarea pendiente de muchísimas familias del barrio: sostener el diálogo sin soltar la autoridad.
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