Cuando la mirada se trastoca: por qué hay que tomarse en serio lo que los ojos y la cabeza nos hacen creer
Ver lo que nadie ve, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener una idea fija que nadie comparte son experiencias que merecen una consulta médica. Un recorrido por las señales que justifican pedir una evaluación profesional y por las distintas causas que pueden estar detrás.

En la esquina de siempre, mientras el colectivo pasa y el kiosco de la esquina todavía levanta la persiana, me cruzo con Marta, una vecina del barrio de Villa Devoto que hace poco me contaba algo que la tenía a mal traer. Me dijo, con esa sinceridad que solo se permite alguien que te conoce de toda la vida, que venía notando cosas raras: veía sombras en el pasillo de su casa, se levantaba a la madrugada convencida de que las paredes se habían angostado y, lo que más la inquietaba, estaba segura de que su hija le había cambiado la cara. No era un sueño ni un mal rato. Era una certeza que se repetía y que le estaba arruinando la vida cotidiana. Marta no sabía qué le pasaba, pero hizo algo importante: fue a pedir una consulta. Y eso es, justamente, lo que los especialistas recomiendan cuando la percepción se altera y empieza a jugarnos una mala pasada.
Porque una cosa es asustarse con una película y otra bien distinta es empezar a ver figuras que los demás no ven, sentir que los objetos cambian de tamaño o sostener creencias firmes que afectan los vínculos. Esas experiencias no son, por sí solas, un diagnóstico, pero sí son motivo suficiente como para sentarse frente a un profesional y contar lo que está pasando, sin vergüenza y sin esperar a que se pase solo.
Tres experiencias distintas que conviene no mezclar
- Distorsión: modifica algo que existe. Por ejemplo, sentir que una habitación se hizo más chica o que las manos crecieron.
- Alucinación: se percibe algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca. Es ver, oír o sentir algo que los demás no perciben.
- Delirio: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contrario, como estar convencido de que alguien fue reemplazado por un impostor.
Ver imágenes que nadie más ve no significa, automáticamente, que haya una enfermedad psiquiátrica. Existe, por ejemplo, el síndrome de Charles Bonnet, en el que personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. En esos casos, la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, si la presentación es atípica, se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas. No es un capricho del cerebro: es una señal que el cuerpo está dando y que conviene escuchar.
Algo parecido ocurre con las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y hasta la sensación del paso del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. O sea: detrás de una experiencia llamativa puede haber desde un cuadro benigno y conocido hasta algo que necesita tratamiento específico, y eso solo se sabe cuando alguien lo estudia en serio.
También están las manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás. Pueden ir desde la convicción de no existir, pasando por la idea de haberse transformado en un animal, hasta la certeza de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, sobre todo, no deben interpretarse como conductas voluntarias ni como un capricho del carácter. Algo similar ocurre con los celos delirantes: no son los desacuerdos de pareja de toda la vida ni una pelea por el control del remoto. Son una señal clínica que necesita evaluación.
Y hay un caso que suele aparecer en los consultorios: cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación tiene que descartar primero una infestación real y otras causas médicas antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico. Entre esas posibles causas figuran déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, como se ve, depende de lo que se encuentre, y por eso el primer paso siempre es el mismo: consultar.
Marta, mi vecina de Villa Devoto, terminó yendo a un centro de salud, le hicieron los estudios correspondientes y arrancó un tratamiento que le devolvió, de a poco, las tardes de mate en la vereda. No es que el mundo se le haya ordenado de un día para otro, pero ahora sabe que lo que le pasaba tenía nombre, tenía causa y, sobre todo, tenía salida. Y eso, en estos temas, es mucho más de lo que uno se anima a pedir cuando todavía no se animó a cruzar la puerta del consultorio.
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