Después de nueve años con la fruta al hombro, la cooperativa le soltó la mano y la Justicia le dio la razón al operario
Un embalador de Allen se lastimó en el galpón, le dieron el alta con restricciones y la empresa ni siquiera movió una silla para ubicarlo. La Cámara neuquina confirmó la indemnización y dejó una enseñanza: decir que no hay lugar no alcanza, hay que demostrarlo.

Lo imagino todavía cruzando la calle en Allen, con el overol todavía colgando del gancho detrás de la puerta, la capucha de la campera gastada de tanto subir y bajar del colectivo y esa mezcla de cansancio y bronca que se les nota en la cara a los laburantes cuando saben que les están mintiendo. Lo imagino porque esta historia arranca con una escena que se repite en cualquier barrio neuchino, pero sobre todo en los pueblos del Alto Valle: un tipo que lleva más de una década embalando fruta, que se levanta a las cinco de la mañana, que carga cajas de peras y de manzanas con los hombros como si fueran de goma, y un día el cuerpo dice basta. Así empezó todo, en agosto de 2021, en un galpón de empaque que muchos vecinos de Allen conocen de memoria.
El operario, que en el expediente aparece con iniciales pero que para mí tiene nombre y apellido de barrio, entró a trabajar a la cooperativa en enero de 2011 como embalador de primera categoría. Nueve años y monedas sin una sola sanción, armando y cargando cajas, una de las tareas más pesadas del galpón. El 2021 lo agarró con un dolor en el hombro derecho que fue creciendo hasta impedirle mover el brazo como antes. La ART se hizo cargo del tratamiento durante ocho meses. En abril de 2022, el médico le dio el alta con una condición que lo cambió todo: podía volver, pero nada de levantar cajas. El hombro no aguantaba más.
La respuesta de la cooperativa: no hay puesto
Ahí es donde, si uno se pone en la piel de Daniel -porque así lo voy a llamar, como a un vecino del barrio- empieza la parte que más duele. Con el alta en la mano y la restricción por escrito, el trabajador mandó un telegrama pidiendo reincorporarse. La cooperativa respondió por carta documento: sí, reconocieron la lesión, sí, reconocieron la restricción, pero le dijeron que no existía ningún puesto disponible que se ajustara a su limitación. Daniel insistió por nota, incluso se tomó el trabajo de detallar en qué sectores del galpón podía desempeñarse sin levantar peso. La respuesta volvió a ser la misma. Le cerraron la puerta sin siquiera asomarse a ver si había una silla disponible.
Cuando una persona laburante se considera despedida en forma indirecta es porque entiende que la patronal no le dejó otra salida. No es un capricho, es una figura legal que existe justamente para estos casos. Daniel se quedó sin trabajo en abril de 2022, y la cooperativa siguió embalando fruta como si nada.
Seis compañeros declararon y desmintieron a la empresa
- El sellado de etiquetas, una tarea que se hace parado pero sin esfuerzo físico fuerte.
- El fichado de cajas con engrudo, que es más bien de pulcritud que de fuerza.
- El colgado en el sector conocido como "el aéreo", donde se acomoda la fruta en altura.
- La reubicación, según los testigos, era una práctica habitual: al menos cuatro embaladores habían sido pasados a esos sectores cuando se lastimaban o no podían cargar peso.
Esos seis compañeros declararon en el juicio y coincidieron en lo mismo: había tareas livianas, había antecedentes de reubicación, había lugar. El juez Luis Trani, del Juzgado Laboral N°3 de Neuquén, los calificó como "coherentes, ordenados y concordantes", que en el lenguaje de los tribunales significa algo bastante simple: le creyó a los trabajadores y descreyó de la cooperativa. Para Trani, la empresa tenía posibilidades reales de reubicar a Daniel y eligió no hacerlo.
“Cuando una empresa alega que no tiene puesto disponible para alguien con limitaciones de salud, es ella la que debe probarlo. La cooperativa no lo hizo.”Criterio del juez Luis Trani, Juzgado Laboral N°3 de Neuquén
La Cámara de Apelaciones confirmó el fallo cuatro años después de la lesión. Para mí, lo más importante de esta historia no es el número final de la condena, sino el mensaje que queda flotando en el aire de los galpones del Alto Valle. Si una empresa dice que no hay lugar para un laburante que volvió con restricciones, no le alcanza con decirlo por carta documento: lo tiene que probar, sector por sector, puesto por puesto. Si no lo hace, la Justicia considera que le soltó la mano.
A Daniel lo imagino esta semana, en alguna vereda de Allen, contándole a un vecino cómo fue eso de que la Justicia le terminara dando la razón nueve años después de haber empezado a embalar cajas. Le sobra razón para estar cansado, pero también para caminar un poco más derecho. La cooperativa perdió mucho más que un juicio: perdió la oportunidad de haberse portado como corresponde con un laburante que le había dado una década entera de su vida.
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