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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Dos preguntas para distinguir lo propio de lo prestado en las decisiones de todos los días

Un filósofo de la Universidad de Emory propone interrogar a la propia vida para separar los deseos genuinos de los mandatos que llegan desde la familia, los amigos y la cultura. La fórmula, según los estudios revisados, mejora el bienestar y la motivación.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 4 min de lectura
Dos preguntas para distinguir lo propio de lo prestado en las decisiones de todos los días

Vivo a pocas cuadras de la plaza Primero de Mayo, en el corazón de Lanús Oeste, y cada vez que salgo a comprar el pan me cruzo con Adriana, la almacenera de la esquina de Bustamante y 9 de Julio. Ella me lo dice sin vueltas: «Yo durante años viví la vida que mi vieja esperaba, y un día me cansé». Su frase me quedó resonando mientras leía el planteo de Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, que en un ensayo reciente propuso detenerse en dos preguntas antes de tomar cualquier decisión importante: de quién es la vida que estamos viviendo y quién debería determinar cómo la vivimos.

Bedzow sostiene que esas dos interrogantes no son un juego intelectual. Son una herramienta concreta para separar lo que uno quiere de verdad de lo que terminó incorporando sin darse cuenta desde la familia, el barrio, el grupo de amigos o la cultura toda. La primera pregunta, la de a quién pertenece la vida, suele tener una respuesta rápida. La segunda, advierte, incomoda más: porque lleva a admitir que nadie tiene el manual con el camino correcto y que cada uno debe armarse el propio.

Por qué cuesta tanto correrse del molde

«Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo», le dijo Bedzow a un medio especializado. Esa comodidad de seguir un guión ajeno, aclara, es riesgosa: uno puede pasarse años cumpliendo expectativas que jamás eligió en forma consciente, desde la carrera que estudió hasta la persona con la que se casó o el trabajo que aceptó.

“La autorreflexión no es mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, Universidad de Emory

La diferencia entre pedir consejo y entregar el timón

Bedzow marca un límite que a mí, como vecino de Lanús, me parece clave: conversar con un colega sobre una oferta laboral o escuchar a un amigo que cuestiona una idea sobre una relación no es mala cosa. El problema aparece cuando uno le pasa la lapicera al otro y termina decidiendo desde criterios que no son los propios. Escuchar perspectivas suma; dejar que otros marquen el rumbo, resta.

  • Quién decide qué carrera estudio: yo, mi familia, el mercado laboral o la presión del entorno.
  • A quién le pertenece el trabajo que tengo: a mis ganas, a la necesidad de plata o al mandato de «ser alguien».
  • Quién marca los tiempos de mi vida: mis objetivos, los de mis padres o los de la cultura en la que me crié.
  • De quién son los vínculos que sostengo: de mi elección, de la costumbre o del miedo a quedarme solo.

Lo que dicen los números y por qué Adriana sonríe hoy

Un metanálisis de Sezer y colaboradores, citado por el propio Bedzow, encontró algo que a esta altura ya no sorprende tanto: las personas que persiguen metas alineadas con sus valores e intereses se esfuerzan más, avanzan más y reportan mayor bienestar. La contracara también aparece clara: quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, por presión de estatus o por el miedo a sentir culpa suelen quedar a mitad de camino, con la sensación de haber corrido una maratón que nunca quisieron correr.

La filósofa Susan Wolf aporta otra pieza al rompecabezas: el sentido no aparece solo por hacer lo que a uno le gusta, sino por comprometerse con algo que genuinamente valga la pena. Ahí es donde la segunda pregunta de Bedzow, la de quién debería determinar cómo vivimos, se vuelve central. Porque no alcanza con que la decisión sea mía: también tengo que preguntarme si lo que persigo merece ser perseguido.

Bedzow recomienda empezar con decisiones chicas, de bajo riesgo, para ir entrenando ese músculo. Elegir un destino de vacaciones sin consultarlo con la suegra. Decir que no a un plan que no me convence. Cambiar la rutina del domingo sin pedir permiso. La idea, aclara, no es volverse egoísta ni aislarse: es ejercitar el criterio propio mientras se sigue abierto al diálogo con los demás.

Cuando vuelvo a pasar por la verdulería de Adriana, en Bustamante y 9 de Julio, la veo distinta. No porque haya cambiado de golpe, sino porque ahora entiendo mejor lo que me quiso decir aquel día. Sostener una decisión tomada por uno mismo, incluso cuando incomoda al resto, es una forma concreta de habitar la propia vida. Y eso, según lo que recoge la evidencia y según lo que cuenta una almacenera de Lanús Oeste, termina haciendo una diferencia enorme a la larga.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios

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