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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El padecimiento de los chicos queda a la espera de una respuesta

El sueño, la alimentación, el aprendizaje y la integridad de niñas, niños y adolescentes muestran señales de alerta frente a la violencia, la soledad y la sobreexposición digital, mientras los servicios de salud mental trabajan con profesionales insuficientes y una atención fragmentada.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 3 min de lectura
El padecimiento de los chicos queda a la espera de una respuesta

A esta hora de la mañana, las aulas vuelven a llenarse de movimiento, aunque no siempre de la concentración que uno supone que debería haber. Hay quienes miran fijo el pizarrón y no pueden seguir una explicación, quienes se quedan dormidos sobre el escritorio, quienes se aíslan en un rincón o revientan en una respuesta que asusta al resto. En muchos casos, detrás de esas conductas hay,,, o afirmaciones, detrás de cada síntoma hay un dolor, una historia y, con demasiada frecuencia, años enteros de silencio.

En consultorios, guardias hospitalarias y escuelas se repite un patrón que no se puede seguir leyendo como un problema aislado de conducta. La violencia aparece como una de las piezas centrales del cuadro: las estimaciones de UNICEF indican que una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre los varones la proporción es de uno de cada once. A ese dato se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente y que también pueden dejar consecuencias duraderas en la salud mental.

Un pedido de ayuda que no encuentra lugar

Cuando una familia advierte que algo está mal y pide ayuda, se encuentra con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que pueden transformar una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar dividida: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma y la justicia la infracción. Entre esos circuitos, el chico corre el riesgo de quedar reducido a un expediente y perder de vista su historia personal.

El aprendizaje también aporta una señal que no debería pasar inadvertida. En las pruebas PISA 2025, casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Detrás de esos resultados hay factores educativos y sociales, pero también una pregunta ineludible: qué ocurre cuando la atención, la confianza y la tolerancia a la frustración se agotan porque la energía está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.

  • Dificultades persistentes para dormir, alimentarse o aprender.
  • Aislamiento, cambios bruscos de conducta o expresiones de hopelessness o deseos de morir.
  • Presencia de lesiones autoinfligidas o relatos de situaciones de violencia.
  • Consumoproblemático de pantallas, apuestas o exposición a contenidos sexuales no deseados.

Las plataformas digitales cambiaron el escenario. Niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, apuestas y materiales que promueven conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es solamente un hábito: en muchos casos funciona como refugio frente a soledades para las que no existe otro lugar adonde ir.

La magnitud del problema no se resuelve únicamente con más demanda de atención. Hace falta poder escuchar, detectar y acompañar antes de que el síntoma se convierta en una crisis, y articular a los sectores de salud, educación y justicia para que ningún chico quede solo mientras espera. La salud mental infantil no puede seguir tratada como una sucesión de informes: es la vida de una persona que todavía está creciendo, y el tiempo que se demora la respuesta también forma parte de lo que está en juego.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios

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