El peso de la mochila que no se ve: cómo el estrés escolar se filtra en la vida cotidiana de los chicos
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones puede expresarse en cambios de humor, dificultades de conducta y síntomas físicos, y propone acompañar desde la calma, ordenar las obligaciones y sostener los vínculos presenciales.

En las casas del barrio siempre hay una escena que se repite cuando arranca marzo: el chico que vuelve del colegio, tira la mochila en cualquier rincón y antes de que alguien le pregunte cómo le fue ya está con la cara larga, encerrado en el cuarto o protestando por una pavada. A mí me tocó verlo mil veces en estos años de andar metido en las cosas que les pasan a las familias, y la verdad es que uno como adulto tiende a minimizarlo, a pensar que es la edad, que es una moda, que ya se le va a pasar. Pero no se le pasa solo, y cuando se acumula empieza a filtrarse en la mesa, en la cena, en la forma de dormir, en el ánimo de los domingos a la noche. Eso es lo que los especialistas empiezan a mirar con más atención, porque lo que pasa en el aula no termina cuando suena el timbre.
Lo que se ve en casa cuando la presión aprieta
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, lo explica con una claridad que a uno le dan ganas de pegar en la heladera: la exigencia del colegio no siempre se queda en el aula, se cuela en la vida diaria y aparece en cambios de humor, en dificultades de conducta y hasta en síntomas físicos que los padres no siempre asocian con el estudio. Me lo cruzó la semana pasada Marcela, una vecina de Once que tiene a su nena de diez años haciendo la primaria en una escuela de la zona, y me dijo medio en serio medio en broma que la chica tenía más dolores de panza que ella. Cuando uno se pone a charlar un rato largo termina entendiendo que la panza no es el problema, es el mensaje.
“La presión del colegio puede manifestarse en el hogar mediante variaciones del ánimo, dificultades de conducta y molestias físicas, y a las tareas y las expectativas se agregan las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante conectado con las demandas escolares.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
Por qué el cuerpo se cansa y la memoria se corta
Hay una diferencia grande, según cuenta la especialista, entre una exigencia que puede estimular y una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado larga en el tiempo. Cuando esto último pasa, el organismo tiene cada vez menos oportunidades para recuperarse, y la preocupación intensa se lleva puesta parte de los recursos de la memoria de trabajo, que es justo la que necesitamos para manejar información en el momento y para recuperar lo aprendido. Dicho de otra manera y en criollo: un chico sobrepasado por la ansiedad no rinde peor porque sea vago ni porque no estudie, rinde peor porque su cabeza no le da el ancho.
Acompañar desde la calma, no desde la urgencia
Para Albers, la forma en que reaccionan los adultos que rodean al estudiante es determinante, y ahí es donde uno, como padre, como madre, como abuela, como tío, tiene que mirarse al espejo antes de mirar al pibe. La psicóloga sugiere hacer una pausa antes de responder cuando el chico explota, mostrar con el ejemplo que se puede pedir ayuda y, sobre todo, no contagiarle el propio estrés, porque si el adulto está desbordado, el pibe lo, y no hay escuela que lo banque. También hace mucho ruido una idea simple: contar con otros adultos de confianza que tengan sus emociones ordenadas, porque a veces al chico le cuesta más hablar con el padre o la madre que con un vecino, un tío o un profesor con onda.
Yo siempre digo que en los barrios uno termina siendo un poco psicólogo de la cuadra, y esta nota me la guardo para la próxima vez que Marcela me cuente cómo la viene peleando con la nena. Le voy a decir lo que aprendí charlando con esta especialista, que la idea no es sacarle el peso de encima sino ayudarlo a cargar la mochila de otra manera, con orden, con pausa y con gente alrededor. Porque al final, como me dijo Marcela mientras tomábamos un café en la vereda de siempre, si el pibe te ve tranquilo, el pibe aprende a estar tranquilo. Y eso, en estos tiempos, ya es medio milagro.
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