Heredar la crianza: por qué lo que nos hicieron de chicos vuelve cuando tenemos hijos
El psicólogo Maxi McCoubrey explica qué marcas de la infancia reaparecen en la tarea de criar, por qué no alcanza con hacer lo contrario de lo que nos tocó vivir y qué señales ayudan a detectar cuándo la propia historia se entromete en la relación con los hijos.

El playero de la esquina del barrio, Daniel, de Caballito, me decía el otro día mientras le cargaba combustible que él no quiere terminar como su viejo, que le pegaba cada vez que se portaba mal, pero que a veces se escucha gritarles a los chicos y se le eriza la piel del mismo modo en que se le erizaba cuando era chico y escuchaba los pasos de su padre por el pasillo. Yo le dije que esa sensación que describe tiene nombre y tiene historia, y que es mucho más común de lo que uno imagina cruzarse con ella en la parada del colectivo, en la puerta de la escuela o en la mesa de un bar. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, como me lo hizo notar el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, y esa mochila aparece, queramos o no, en el momento justo en que nos toca criar a otro.
Lo que me interesa de lo que cuenta McCoubrey es que no habla de malas personas ni de padres fallados, sino de marcas que se heredan sin que nadie las pida. Esa historia se cuela en la forma de hablar con los chicos, en la manera de poner límites, en cómo reaccionamos cuando hay un conflicto, e incluso en las ideas que repetimos sin pensar sobre el éxito, el dinero y el afecto, como si fueran verdades universales y fueran en realidad el eco de algo que escuchamos mil veces en la mesa familiar.
Lo que sí se puede interrumpir y lo que no
McCoubrey me marca una distinción que a mí me parece clave para no volver locos a los padres: el problema no está en repetir, porque algo siempre se repite, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Lo que hace falta interrumpir, me dice, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Es decir, no se trata de borrar la historia sino de dejar de transmitir en piloto automático las partes que lastiman.
- Pérdidas silenciadas que nunca se pudieron elaborar en familia.
- Violencias naturalizadas, como gritos, cachetadas o humillaciones que se vivieron como algo normal.
- Vergüenzas heredadas, que pesan sobre temas como el cuerpo, la plata o las decisiones afectivas.
- Mandatos que pasan de generación en generación, del estilo tengo que ser fuerte o en esta casa no se llora.
Lo que me quedó dando vueltas de la charla con McCoubrey es que las marcas más difíciles de cambiar no son las más visibles, sino las que están tan incorporadas que uno no las cuestiona en años. El hilo en común de todas ellas es la rigidez, esa dificultad enorme para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba, y que a veces se disfraza de carácter, de firmeza o de mano dura.
Hacer lo contrario tampoco alcanza
Acá es donde la cosa se pone interesante, porque muchos padres y madres, sobre todo los de mi generación, juraron que iban a hacer todo lo opuesto a lo que vivieron, y se encuentran igual de atrapados, solo que del otro lado. McCoubrey me lo resume con una frase que me parece de las más lúcidas que escuché en mucho tiempo: criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva, porque en vez de responder a las necesidades reales del hijo se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien se crió en un hogar rígido, me explica, puede terminar creyendo que cualquier frustración es un trauma, y entonces sobreproteger, no poner ningún límite y confundir ternura con ausencia.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
La clave, entonces, no está en encontrar un punto medio matemático entre lo que nos hicieron y lo que nos negamos a hacer, sino en mirar al hijo concreto que tenemos enfrente, con su edad, su carácter y su momento, en vez de mirarnos a nosotros mismos todo el tiempo. Una de las señales más claras de que la historia propia se está metiendo en la crianza, me cuenta McCoubrey, es la reacción desmedida frente a una situación que en la escala no sería gran cosa: una bronca que desborda por un vaso de leche derramado, una preocupación extrema porque el nene se golpeó jugando, la necesidad de tener todo bajo control como si el mundo se fuera a caer si algo se sale del libreto. Son reacciones que no mienten, y que suelen tener más que ver con el pasado que con el presente.
Cambiar estos patrones, y esto me parece lo más humano de todo lo que conversamos, no implica no volver a equivocarse nunca, algo que sería directamente imposible. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, me dice McCoubrey, es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir mirá, lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto, y dejarse deacting like robots que no se pueden equivocar. Me parece que en esa frase está condensado mucho de lo que a uno le cuesta como padre o como madre, y también mucho de lo que se puede empezar a hacer hoy, sin esperar el momento perfecto.
Cuando me fui del playero, Daniel me dijo que iba a probar eso de pedir una pausa antes de levantar la voz, aunque sea una vez por semana. Le creo, y además me parece que en ese tipo de promesse chica, de a poco, se juega buena parte de la diferencia entre repetir lo que sufrimos y construir algo nuevo, no perfecto pero más cuidado, con los chicos que nos tocaron criar.
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