Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Ecos del Oeste

Ecos del Oeste

Portada — Vida —

La mochila que cargan los hijos: cuando las expectativas de los padres pesan más que las palabras

La psicóloga Cynthia Wila advierte que los mandatos familiares sobreviven a la infancia y que la culpa se alimenta de exigencias ajenas. Su planteo invita a revisar qué se reprocha cada uno antes de seguir cargando con lo que nunca fue propio.

HQ
Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 3 min de lectura
La mochila que cargan los hijos: cuando las expectativas de los padres pesan más que las palabras

Son las siete y pico de la tarde en Lanús centro y veo a Ricardo, que vive en el tercer piso de un edificio de la calle Castro Barros, mientras apoya la mochila de su hija en el capó del Fiat rojo. Me cuenta, con esa mezcla de cansancio y orgullo que conozco bien en los padres del barrio, que la nena del secundario llega cansada de las clases y de una madre que le pide cada vez más notas. Entonces me pongo a pensar en eso que cuenta la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, que Paidós acaba de sacar a la calle.

Porque a veces las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos vienen con forma de proyecto propio que nunca se cerró: la carrera que no se estudió, el título que faltó, la oficina que quedó lejos. Cuando eso se traslada a los pibes, aparece una exigencia imposible: cumplir con los deseos pendientes de otro, aunque ese otro sea alguien que los quiere de verdad.

Cuando el cariño también carga

Wila, que es psicóloga y especialista en estas cuestiones, explica algo que a mí, como viejo lector de los problemas cotidianos del conurbano, me parece clave: no hacen falta gritos ni frases hirientes para que la exigencia haga pie. Un pedido dicho con ternura, con esa voz cálida que conocemos los argentinos de nuestras propias casas, deja abierta la misma pregunta de siempre: qué esperan los grandes de mí y qué tengo que hacer para quedar bien con ellos. Y esa búsqueda, dice la especialista, puede provocar angustia y culpa sin que nadie levante la voz.

“Las aspiraciones de los padres pueden incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar. Cuando esas metas se trasladan a los hijos, aparece una demanda imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)

Lo que se hereda sin querer

Hay un punto que Wila remarco con cuidado y que a mí me hace ruido de historia de barrio: esas voces y esos juicios que recibimos de chicos se nos meten dentro y siguen operando de grandes, aunque ya nadie los diga en voz alta. La exigencia puede persistir mucho después de que dejamos la casa de los viejos, porque la incorporamos como si fuera nuestra.

  • Normas que ayudan a convivir: ponen límites a la agresión y permiten la vida en común, según la psicóloga.
  • Mandatos que restringen elecciones: asociados al miedo a perder el afecto de quien los transmite.
  • Reproches internalizados: voces de la infancia que sobreviven en la adultez y siguen condicionando decisiones.
  • Repaso de la responsabilidad propia: revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo.

Frente a todo esto, la propuesta de Wila es bien concreta: pararse a pensar qué está pasando, mirar la responsabilidad real por los propios actos y, sobre todo, revisar de qué nos acusamos antes de seguir cargando con una mochila que, muchas veces, no nos pertenece. La culpa, en su planteo, se trabaja cuando uno distingue entre hacerse cargo de lo que hizo y seguir fustigándose como si fuera un reo permanente.

Antes de cerrar la nota vuelvo a la vereda de Lanús, donde sigo charlando con Ricardo. Le pregunto si alguna vez se detuvo a pensar qué le está pidiendo él, como padre, a su hija, y se queda un rato en silencio, con las manos apoyadas en la mochila. Después me mira y dice, con esa media sonrisa de los hombres del sur del conurbano, que capaz que él mismo le está pasando a la nena la carrera que no estudió. Es un detalle chico, de una conversación de siete de la tarde en una calle arbolada, que me parece la mejor manera de explicar lo que dice la psicóloga: la herencia emocional no se entrega en un testamento, sino en cada gesto cotidiano que repetimos sin pensar.

HQ
Hernán QuirogaSociedad y barrios

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo