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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La palabra que no llega: cuando el término se escapa y la conversación queda en pausa

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica por qué a veces sabemos qué queremos decir y, sin embargo, el nombre justo no aparece; qué recursos sirven para recuperarlo y en qué momento conviene consultar a un profesional.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 6 min de lectura
La palabra que no llega: cuando el término se escapa y la conversación queda en pausa

Me apuesto a que a más de uno, en una charla de mesa larga, en medio de un asado de domingo en Saavedra o esperando el colectivo en una parada de Pompeya, le pasó lo mismo: uno tiene la idea entera, casi masticada, lista para salir, y de golpe aparece un hueco, un silencio raro, un gestito con la mano como diciendo "ya casi, ya casi", mientras la palabra que uno busca se hace la distraída y no aparece por ningún lado. Es un fenómeno tan común que hasta tiene nombre propio, y aunque a veces provoque una risa nerviosa y un "bueno, da igual, lo que quiero decir es...", lo cierto es que deja una marca, sobre todo cuando se repite y empieza a preocupar. De eso se trata esta nota: de entender por qué pasa, qué hacer cuando nos pasa y, fundamentalmente, cuándo conviene dejar de hacerse el desentendido y consultar a alguien que sepa mirar con lupa lo que nos está ocurriendo.

Por qué a veces tenemos el concepto y no el nombre

La explicación que da Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, es bastante clara y sirve para desmitificar bastante el asunto. Para decir una palabra, el cerebro necesita hacer dos movimientos encadenados: primero tiene que activar el significado, es decir, la idea, el concepto, la imagen mental de aquello que queremos nombrar; y en un segundo paso tiene que recuperar los sonidos que le dan forma a ese significado y nos permiten pronunciarlo. Lo que ocurre en el famoso fenómeno de la punta de la lengua, según la especialista, es que ese segundo paso se demora o se interrumpe por un instante, como si la cadena se trabara justo cuando iba a salir la palabra. La buena noticia es que en general no se trata de haber perdido el término, sino de un pequeño tropiezo en el camino.

Mariana, vecina de Villa Crespo que trabaja en una librería de Palermo y con la que charlé mientras tomábamos un café por la Avenida Corrientes, me lo describió con una sinceridad que me hizo sentir identificado de inmediato: "Mirá, a mí me pasa todo el tiempo, sobre todo cuando estoy cansada o cuando tengo mil cosas en la cabeza. Sé lo que quiero decir, lo tengo ahí, pero el nombre se me escapa. A veces lo digo al rato, como veinte minutos después, cuando ya ni me acordaba del tema, y ahí sale solo, como si nada. Al principio me daba culpa, ahora me río y sigo".

Qué hacer cuando la palabra no aparece

Ahora bien, si una palabra no llega durante una conversación, hay un montón de pequeños recursos que pueden ayudar a retomar el hilo sin tener que hacer dibujitos en el aire ni quedar mudos frente al interlocutor. La neuropsicóloga enumera varias estrategias que vale la pena tener a mano, porque nunca se sabe cuándo vamos a necesitarlas:

  • Buscar un sinónimo, es decir, una palabra parecida que exprese más o menos la misma idea, sirve para destrabar la situación y seguir adelante sin perder el sentido de lo que se quiere comunicar.
  • Describir aquello que se quiere nombrar, contando para qué sirve, de qué color es, dónde se usa o qué forma tiene, muchas veces termina llevando al término exacto por una vía indirecta.
  • Pensar en la letra inicial puede ser una pista útil: a veces uno tiene la palabra en la punta de la lengua pero solo accedió a su comienzo, a su primera sílaba, y eso ya alcanza para que el cerebro complete el resto.
  • Recordar su utilidad o sus características, es decir, asociar la palabra con su función o con alguna particularidad que la distinga, también ayuda a recuperarla.

Para quienes sienten que estas pausas se vuelven cada vez más frecuentes y quieren entrenar la fluidez verbal de manera cotidiana, la especialista propone una serie de actividades que, sin ser mágicas, ayudan bastante: conversar sobre asuntos que nos interesen de verdad, contar información con nuestras propias palabras en lugar de repetir textualmente lo que dijo otro, leer y comentar lo leído, todo eso son ejercicios que obligan al cerebro a recuperar conocimientos, ordenar ideas y prestar atención al intercambio, que es justo lo que se afloja cuando las distracciones nos ganan.

Cuándo conviene dejar de buscarle la vuelta y consultar

Aquí viene el punto clave de toda esta conversación, el que separa una molestia menor y llevadera de una señal de alarma a la que hay que prestarle atención. Sánchez Salinas es muy clara al respecto: la distinción importante es entre un episodio aislado, de esos que le pasan a cualquiera, y una dificultad que se repite y que empieza a complicar la comunicación de verdad. La recomendación de la especialista es consultar cuando encontrar palabras se vuelve un problema frecuente, cuando uno empieza a confundir nombres de objetos de todos los días o le cuesta seguir una conversación que antes seguía sin problema. También merecen atención especial los cambios notorios en el habla que advierte la propia persona o que notan los que la rodean, porque muchas veces uno se acostumbra a sus propias dificultades y es el otro el que ve el cambio desde afuera.

“Una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender esos síntomas y orientar el diagnóstico y el tratamiento. El criterio incluye observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida cotidiana, en su trabajo, en sus relaciones.”Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica

Volví a charlar con Mariana unos días después, esta vez por teléfono, porque me había quedado dando vueltas con algo que había dicho. Le pregunté si ella notaba una diferencia con cómo hablaba hace unos años y se tomó un segundo largo antes de contestar: "Y... sí, supongo. A veces me trabo más que antes, pero también estoy más cansada, trabajo, tengo los chicos, vivo corriendo. Si fuera algo serio, ¿no me pasaría todo el tiempo, en cualquier lado? Igual te digo algo: me quedé pensando en lo que me contaste. Si me pasa más seguido o si alguien me dice 'che, estás repetitiva con eso', ahí voy a ir a consultar, no me hago la boluda con esas cosas". La dejé con su promesa a medio cumplir, pero la verdad es que escuchar a una vecina de toda la vida hablar así, sin dramatismo pero con la lucidez de quien se toma en serio, me dejó tranquilo. A veces no hace falta más que eso para cuidarse: prestar atención, noizar lo que cambia y, llegado el caso, golpear la puerta del consultorio antes de que el problema se haga más grande de lo que tiene que ser.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios

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