Los autitos de la infancia ahora corren sueltos por cuatro islas: llega Hot Wheels Infinite Rush, el sandbox de la velocidad
Milestone cambia las pistas cerradas por un mundo abierto con más de 150 vehículos, cuatro categorías de manejo y una maqueta gigantesca que se puede destrozar en cada curva. Plataformas: PlayStation 4, PlayStation 5, Xbox One, Xbox Series, Nintendo Switch y PC.

Como decía una vieja publicidad de los autitos más famosos del mundo, "los grandes quieren jugar" y, en este caso, también manejar. Esa frase que durante décadas acompañó las cajas rojas y naranjas llega ahora en formato de videojuego de mundo abierto: Hot Wheels Infinite Rush, la nueva entrega que Milestone lanzó para sacudir la rutina de los juegos de carreras y llevárselas al terreno del sandbox sin reglas ni pistas obligatorias. La propuesta abandona el esquema de circuitos cerrados que caracterizó a la saga y construye, en su lugar, un mapa enorme dividido en cuatro islas temáticas que se recorren a toda velocidad, entre rascacielos, costas, desiertos y templos orientales.
Cuatro islas para perderse (y romperse)
- Wheelswood: entorno urbano con rascacielos, calles anchas y tránsito que reacciona a los impactos.
- Tentacle Bay: bioma costero con playas, acantilados y ecosistemas variados para explorar.
- Gearville: zona de naves industriales rodeadas por dunas de desierto y caminos abiertos.
- Drifty Temples: región de inspiración oriental con pasos de montaña y curvas ideales para el derrape.
La propuesta no tiene campaña argumental ni un hilo conductor formal: se trata de acelerar y explorar sin más obligación que la que el jugador se imponga. Esa libertad funciona muy bien en las primeras horas, cuando la sensación de estar dentro de una maqueta interactiva a escala, enorme y completamente destructible, es casi hipnótica. Árboles, luminarias, señales y hasta los autos civiles reaccionan al menor impacto y multiplican el vértigo de cada pasada. A medida que la partida avanza, sin embargo, la ausencia de una historia puede empezar a sentirse como una limitación para quienes llegan buscando algo más que kilómetros.
El manejo se organiza en cuatro categorías bien diferenciadas que se cambian en el momento, sin interrumpir la marcha: los bólidos priorizan la velocidad punta y recargan turbo con aceleración sostenida; los derrapadores acumulan nitro al tomar curvas cerradas a la tracción rota; los equilibrados generan energía con casi cualquier maniobra, y los todoterreno, llamados Titanes, están pensados para el terreno irregular y recargan turbo automáticamente. Esa variedad le permite al jugador ir ajustando el auto al clima de cada isla sin perder ritmo, algo clave en un arcade donde lo que se busca es no frenar nunca.
Coleccionistas, al volante
Para los que nunca se bancaron una pista sin armar su propia colección, el catálogo ofrece más de 150 vehículos: prototipos de la propia marca, licencias de fabricantes reales y fichas históricas de cada modelo. Además, suma un editor de pintura, rines e interiores para personalizar las máquinas, más un editor de pistas que permite armar circuitos propios y compartirlos. Los modos multijugador, tanto competitivos con ranking como cooperativos o casuales, le dan vida útil al título más allá de la campaña en solitario y lo transforman en una excusa para juntarse a competir o simplemente a pasarla bien.
En el plano técnico, el juego mantiene 60 fotogramas por segundo de forma estable, algo casi innegociable en un arcade de velocidad. Tiene, claro, sus asperezas: algunas texturas del entorno cargan con cierto retraso y los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de completar un evento rondan el minuto, un detalle que corta el envión cuando uno viene embalado. El sonido, en cambio, es un punto alto: el impacto metálico y plástico de cada choque remite de manera directa a la sensación de los autitos chocándose en una alfombra del living, y termina de cerrar la experiencia como un homenaje bien hecho a la marca.
Hot Wheels Infinite Rush no viene a contar la historia más profunda del año ni a competir con simuladores de carrera. Viene, más bien, a ofrecer eso que muchos pedíamos de chicos: una maqueta gigante donde soltar los autitos y dejar que vuelen por donde quieran. La experiencia tiene luces y sombras, sí, pero encuentra a su público entre los nostálgicos de la marca, los coleccionistas y, sobre todo, los que buscan acción sin complicaciones. Si te tinca, mi recomendación es arrancar por Wheelswood para tomarle la mano al manejo, pasar después por Tentacle Bay para disfrutar el derrape y guardarte Drifty Temples para el final: es donde el juego muestra los dientes.
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