NutreAR: por qué la mesa familiar pesa tanto como el menú en la alimentación de los chicos
Un consenso de especialistas argentinos pone el foco en la comensalidad y sostiene que el entorno, los compañeros de mesa y las rutinas inciden más de lo que se cree en los hábitos que los niños y adolescentes construyen desde edades tempranas.

Más de un siglo de pediatría le dio la espalda durante décadas a una pregunta tan simple como incómoda: no alcanza con indicar qué tiene que comer un chico para que coma bien. El consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI y presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica que organizó la Sociedad Argentina de Pediatría, vuelve a poner ese interrogante en el centro de la escena. La propuesta abarca a chicos de 2 a 17 años y articula sus recomendaciones en torno a un concepto poco transitado en las consultas: la comensalidad, es decir, todo lo que rodea al acto de comer.
¿Qué es la comensalidad y por qué importa?
Comensalidad es una palabra larga para una idea concreta: el momento en que se come, quién acompaña, cómo se organiza la mesa y qué conversación se teje alrededor. Los especialistas que firmaron el documento insisten en que las necesidades nutricionales de un niño de dos años, de uno de diez y de un adolescente de dieciséis no son las mismas, y que el contexto pesa tanto como la lista de alimentos recomendados. La pregunta ya no es solo qué hay en el plato, sino también con quién y cómo se come.
El caso de Felipe, un chico de 8 años que los profesionales suelen usar como ejemplo, sirve para ilustrar el mecanismo. En su casa, la madre es vegana, el padre come de todo y la abuela que los visita los domingos insiste con milanesas. Felipe rechaza sistemáticamente las verduras verdes, pero acepta sin chistar el tofu y se sirve solo el puré. La explicación que ensayan los nutricionistas no pasa por caprichos: Felipe come lo que vio comer en su entorno cercano. Es el aprendizaje por imitación en estado puro.
¿Cómo se aprende a comer en la infancia?
El aprendizaje por imitación es uno de los mecanismos más documentados por la literatura pediátrica. Cuando los chicos ven a padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, amplían más fácilmente su propio repertorio. Por el contrario, la selectividad alimentaria, ese patrón en el que un chico se limita a comer siempre lo mismo, se vuelve más difícil de revertir si no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. La recomendación concreta que surge del consenso es insistir: ofrecer siempre algo nuevo y evitar que se consoliden menús demasiado restringidos.
- Incorporar al menos una comida compartida por día, idealmente la cena, que suele ser el momento más viable para coincidir.
- Evitar que el adolescente coma solo en el cuarto y frente a una pantalla, práctica que se acentúa a partir de los 14 o 15 años.
- Ofrecer alimentos nuevos de manera reiterada aunque el chico los rechace en los primeros intentos.
- Sacar a la mesa la mayor variedad posible de grupos alimentaires, sin convertir la comida en una negociación permanente.
- Pensar la mesa como un espacio de vínculo: comer con amigos cumple la misma función que comer en familia.
- Llevar el criterio a la escuela: los comedores con planificación nutricional y las viandas preparadas en casa son aliados, no enemigos.
¿Qué pasa cuando los chicos empiezan a comer solos?
A partir de los 14 o 15 años crece la tendencia a encerrarse en el cuarto con el celular y comer ahí, sin testigos y sin conversación. Para los autores del consenso, ese movimiento reduce las oportunidades de construir los vínculos que la mesa habilita. La sugerencia operativa es mantener al menos una comida compartida diaria y entender que la familia no tiene que ser la clásica del DNI: cenar con un amigo o con un compañero de equipo también alimenta esa construcción de hábitos. La comensalidad, en definitiva, no se agota en la cocina de la casa: los comedores escolares con planificación nutricional y las viandas preparadas en el hogar son la otra mitad del mapa que la propuesta busca completar.
Falta, todavía, que el consenso baje a la consulta cotidiana del pediatra y al aula. El documento se presentó en un congreso, pero su adopción efectiva dependerá de que los profesionales de cabecera, las escuelas y las familias incorporen la comensalidad como una variable de análisis tan seria como el peso o la talla. Hasta que eso ocurra, la pregunta que deja planteada NutreAR es una incomodidad útil: si un chico come solo, apurado y mirando una pantalla, qué tan bien puede estar aprendiendo a comer.
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