Por qué seguimos mirando el celular aunque no haya nada nuevo que ver
Un neurocientífico y un lingüista del CONICET explican los mecanismos que nos mantienen pendientes del teléfono, qué pasa con los adolescentes frente al miedo a quedar afuera y de qué manera esa espera constante nos quita energía para todo lo demás.

Lo veo todos los días en el colectivo de la línea 29, cuando subo desde Parque Patricios hacia el centro: casi todos los pasajeros viajan con la vista clavada en la pantalla, y de vez en cuando alguien levanta los ojos, mira el teléfono como si le hubieran contestado algo y vuelve a guardarlo en el bolsillo con cara de fastidio, porque no había llegado nada. Esa sensación de creer que el aparato vibró, revisar y descubrir que es falso, tiene nombre y tiene explicación, y dos investigadores del CONICET la describen en un libro que se llama (Des)Conectados.
Ellos son el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, y lo que plantearon en distintas entrevistas y en su trabajo conjunto es que la expectativa de recibir un aviso es tan fuerte que terminamos interpretando un roce de la ropa, un ruido en el bolsillo o una luz que cambia como si fuera una señal del celular. Es decir: no es que el teléfono esté sonando, es que nuestro cerebro ya está entrenado para que cada pequeño estímulo pueda ser un mensaje.
El miedo a quedar afuera y por qué pega más fuerte en los adolescentes
Una de las claves del libro es lo que los autores llaman FOMO, una sigla en inglés que en criollo se traduce como el miedo a perderse algo. Para los adolescentes, quedarse sin acceso a las conversaciones del grupo puede sentirse casi como una exclusión, y la preocupación no es solo por las actividades que se están perdiendo, sino también por los intercambios en los que no pueden participar. A los 14, 15 o 16 años, no estar en ese chat pesa mucho más de lo que muchos adultos imaginan.
Esto lo charlé con Marta, que vive en Villa Devoto y es madre de dos chicos de 13 y 16. Me contó que nota a su hija mayor pendiente del teléfono incluso cuando está cenando en familia, y que varias veces le preguntó si había pasado algo en el grupo y la respuesta fue que no, pero que igual quería estar atenta por si llegaba algo. Es el mismo pulso que describen los investigadores: la espera se vuelve un estado permanente, y no se apaga cuando se apaga la pantalla.
“Estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos disponibles para concentrarse en lo que ocurre alrededor, y un mayor miedo a quedar afuera se relaciona con un menor rendimiento de la memoria y la atención.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET
Qué miran los investigadores cuando observan a una familia
- Las llamadas notificaciones fantasma: creer que el teléfono vibró o sonó cuando en realidad no llegó nada.
- La preocupación constante por perderse una conversación, una salida o un tema del grupo.
- La expectativa permanente de que llegue un mensaje, incluso en medio de una comida, una clase o una charla cara a cara.
- La dificultad para sostener la atención en una sola tarea cuando el celular está cerca.
- La sensación de que dejar el dispositivo es dejar, por un rato, un espacio de encuentro con los demás.
Ballarini y Bonnin ubican estos hábitos en un cambio más profundo: las pantallas ya no son solo una herramienta, sino que alojan conversaciones, vínculos y actividades que son parte de la vida diaria. Por eso, para muchos chicos y también para muchos adultos, guardar el celular no se vive como guardar un objeto, sino como ausentarse un rato de un lugar donde pasan cosas. Entender eso, dicen, es el primer paso para no caer en la trampa de confundir estar conectados con estar presentes.
Cuando bajé del colectivo y empecé a caminar por la calle, vi a Marta otra vez, pero ahora del otro lado de la parada: estaba mirando el celular con la misma cara de fastidio que los demás. Le hice un gesto de complicidad, ella se rio y guardó el teléfono en la cartera. Por un rato, los dos volvimos a estar en la vereda, sin esperar nada nuevo.
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