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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Roblox no es un juego: lo que los adultos todavía no entendieron y por qué prohibir no alcanza

La plataforma cumplió veinte años y la divulgadora Julieta Schulkin publicó una investigación que pone el foco en la economía con Robux, las dinámicas sociales y los riesgos que las familias suelen dejar pasar. Una guía para mirar de cerca, sin pánico y con la configuración a mano.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 4 min de lectura
Roblox no es un juego: lo que los adultos todavía no entendieron y por qué prohibir no alcanza

Lo primero que hay que entender cuando un chico se sienta frente a la pantalla y abre Roblox es que no está entrando a un juego en el sentido clásico de la palabra. Está entrando a una plataforma que adentro tiene más de seis millones de experiencias creadas por otros usuarios y por empresas, y eso cambia por completo la conversación que tenemos los adultos en la mesa de la cocina. Cuando mi vecina Daniela, del barrio de Caballito, me contó la semana pasada que su hijo de once años se pasaba las tardes hablando con chicos de otros países dentro de la plataforma, lo primero que le dije fue que no se trataba de un videojuego: era un patio grande, enorme, con veredas que no terminan nunca.

Esa distinción la viene repitiendo hace rato la periodista y divulgadora Julieta Schulkin, que le dedicó una investigación entera al fenómeno. Su lectura es bastante directa y bastante incómoda para los adultos: muchas familias tomaron decisiones, a favor o en contra, sin terminar de entender cómo se mueve la plataforma por dentro. Hubo una ola de familias que empezaron a bloquear el acceso y la sensación que le quedó es que se estaba prohibiendo algo que no se conocía bien. La advertencia que deja es concreta y vale la pena repetirla en cada charla de padres: si un chico no puede entrar a Roblox, lo más probable es que migre a otra plataforma con un diseño parecido, y entonces el problema se muda sin resolverse.

La economía que se reproduce adentro

Hay un costado que los grandes solemos mirar por encima y que para los chicos es central: la moneda interna. Roblox tiene los Robux, que se compran con plata real, y con ellos se accede a ropa para el avatar, mascotas virtuales, servidores privados y un montón de beneficios que no son solo estéticos. Se puede jugar perfectamente sin gastar un peso, ojo, pero quienes tienen Robux o acumulan muchas horas dentro de la plataforma terminan accediendo a cosas que los demás no tienen. Schulkin lo describe como una reproducción de la estructura de clases sociales: del mismo modo que en la vida del barrio se nota quién puede pagar tal el arroz con alguien y quién no, en la plataforma se nota quién inyectó dinero real y quién juega con lo que la propia aplicación le regala.

La cara social, la que se parece a las redes

El otro punto que las familias suelen dejar pasar es la dimensión social. Los usuarios pueden seguir a otros, sumar seguidores y armar listas de amigos, y la propia plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas muy parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan una y otra vez en diferenciarla. Para los pibes es un lugar donde encontrarse y, en muchos casos, reemplazar el espacio físico de la plaza o del club del barrio, algo que durante los años de pandemia se volvió todavía más marcado.

Los riesgos serios y la configuración que marca diferencias

  • Grooming: la posibilidad de que adultos contacten a menores adentro de la plataforma es real, está documentada y no se resuelve con una prohibición rápida.
  • Controles de privacidad: se pueden ajustar para decidir quién puede chatear con el menor y qué información queda visible.
  • Restricciones de contacto: conviene habilitarlas y revisitarlas cada cierto tiempo, porque los chicos van cambiando de juego y de comunidad.
  • Supervisión sin invadir: la recomendación pasa por interesarse de verdad en lo que hacen dentro, pedir que muestren partidas y sentarse a mirar con ellos.

Antes de cerrar, vuelvo a Daniela, de mi barrio. La llamé mientras escribía esta nota y le pregunté si había revisado alguna vez la configuración. Me dijo que no, que le daba pereza y que confiaba en que su hijo. Le pasé el dato de Schulkin y la sugerencia de sentarse una tarde, los dos, a recorrer juntos el menú de controles. Cuando cortamos, me mandó un mensaje: tenía los contactos restringidos sin saberlo y nunca lo había tocado. Es un detalle mínimo, pero es exactamente el tipo de diferencia que Schulkin reivindica cuando insiste en que no alcanza con decir que no.

“Una buena configuración parental es la diferencia entre un chico expuesto y un chico acompañado dentro de la plataforma.”Julieta Schulkin, periodista y divulgadora
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