Una mano que calma: lo que la ciencia dice sobre el contacto físico y la ansiedad
La especialista en Neurociencias Afectivas Paula Salamone repasó cómo un gesto tan simple como tomarse de la mano puede modificar la respuesta al miedo y al estrés, qué pasa cuando uno se toca a sí mismo y por qué la cultura cambia la distancia entre las personas.

Son las cinco de la tarde en un café de Palermo y, mientras pido un cortado, veo a una nena de unos cinco años que se agarra de la mano de su mamá antes de cruzar la calle. El gesto parece mínimo, casi mecánico, pero si uno se detiene a mirarlo descubre algo que la ciencia viene estudiando hace rato: que el contacto físico entre dos personas no es solo una cuestión de cariño o de costumbre, sino una herramienta concreta para regular las emociones y bajar los niveles de ansiedad. Sobre eso conversé con Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, que me explicó hasta dónde llega ese efecto y por qué no es lo mismo acariciarse uno mismo que recibir una caricia de otro.
Salamone investiga cómo los estímulos que recibe la piel se conectan con la actividad del cerebro, la médula espinal y las respuestas del resto del cuerpo. Lo que encontró, y lo que repiten distintos estudios en el mundo, es que un masaje, una caricia o simplemente tomar una mano de alguien puede modificar reacciones fisiológicas asociadas al estrés y favorecer la relajación. “Cuando alguien tiene miedo o está angustiado, darle la mano es una forma de acompañarlo que tiene efectos reales sobre su estado emocional”, resumió la especialista en diálogo con este portal.
El caso de los chicos que toman la mano de un adulto
Hay una escena que Salamone conoce bien y que aparece seguido en los trabajos de su área: la de un chico que, frente a una situación que le genera temor, busca la mano de un mayor. Esa conducta no es caprichosa ni únicamente afectiva. Está directamente asociada a una reducción del miedo y forma parte de las líneas de investigación sobre regulación emocional desde edades tempranas. La especialista la mencionó como uno de los ejemplos más claros de cómo el cuerpo entiende, antes que la cabeza, que otro lo está conteniendo.
Tocarse a uno mismo no es lo mismo que ser tocado por otro
Todos, en algún momento, nos pasamos la mano por el pelo, nos acariciamos la barba o nos frotamos el brazo cuando algo nos incomoda. Salamone aclaró que esos gestos existen y forman parte de los mecanismos de autocontacto que usamos para regular lo que sentimos. La diferencia está en lo que pasa cuando interviene otra persona: el cerebro distingue con bastante precisión entre una acción que uno ejecuta sobre sí mismo y un estímulo que llega desde afuera, y la respuesta emocional cambia.
Para graficarlo, la investigadora apeló a las cosquillas. Si uno intenta hacerse cosquillas solo, el cuerpo ya sabe dónde va a llegar la próxima presión, en qué momento y con qué intensidad. Esa anticipación baja la sorpresa y la intensidad de la sensación. Cuando el contacto lo provoca otra persona, en cambio, queda un componente de incertidumbre que el cerebro registra de otra manera. Por eso, señaló Salamone, las cosquillas no son solo un reflejo: también forman parte del juego y del vínculo entre dos personas.
La cultura manda: en Suecia, a tres metros; en Argentina, a otra distancia
Salamone contó que durante su trabajo de investigación en Suecia se sorprendió con algo tan cotidiano como conversar. “Estar charlando con un colega a tres metros de distancia era algo habitual”, recordó. Esa distancia, que para un porteño puede sonar lejana, no significa que haya más frialdad emocional. Lo que cambia, explicó, es la manera de expresar y vincularse. La cultura marca el metro y medio que cada uno considera propio, y eso influye en cuánta cercanía física se tolera o se busca en la vida diaria.
Qué se investiga en la Argentina: tango, cuerpo y pandemia
En Buenos Aires, Salamone integra el Tango-i Lab, un equipo que estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, es decir, esa sensación de sentirse ajeno del propio cuerpo. El grupo también se preguntó si la falta de interacción física durante los meses de aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores. “Es una pregunta de investigación, todavía en desarrollo”, aclaró la especialista, que de todos modos reconoció que el tema aparece cada vez con más fuerza en los consultorios y en las conversaciones cotidianas.
Entonces, ¿para qué sirve una mano tendida?
- Para bajar la respuesta de miedo y ansiedad en momentos de tensión.
- Para activar respuestas fisiológicas de relajación que involucran al sistema nervioso entero.
- Para distinguir el contacto con uno mismo del que llega desde otra persona, que siempre tiene un plus emocional.
- Para recordar que la distancia entre los cuerpos también es un hecho cultural, no solo psicológico.
- Para pensar, sobre todo en los más chicos, que tomar la mano de un adulto es una forma válida y concreta de sentirse acompañado.
Antes de cerrar la nota me cruzo otra vez con la nena del café, que ahora le tira del brazo a la mamá mientras señala un helado. Pienso en lo que dijo Salamone: que el cuerpo entiende antes que las palabras. Tal vez por eso, después de una pandemia que nos sacó el contacto, volver a darse una mano no sea un detalle menor sino, para muchos, una pequeña forma de empezar a calmarse. Esa sensación, al menos por un rato, vale más que cualquier recomendación escrita.
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