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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Oeste

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Amaru en el Picadero: cuando una visita inesperada desordena a una familia que sólo sabe discutir de palabras

La nueva comedia de Andrea Garrote propone un retrato tan gracioso como incómodo de una casa ilustrada donde las discusiones semánticas duran más que cualquier conversación que de verdad importe. Una invitada de nombre quechua alcanza para moverlo todo.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Amaru en el Picadero: cuando una visita inesperada desordena a una familia que sólo sabe discutir de palabras

Si hay algo que a esta altura del camino tengo claro es que las familias que más hablan no siempre son las que mejor se dicen las cosas. Y esa intuición, que uno arrastra desde la sala de casa hasta el bondi que nos lleva al trabajo, vuelve a aparecer con todas las letras en Amaru, la comedia que Andrea Garrote acaba de estrenar en el Teatro Picadero y que se presenta todos los domingos a las 18. Lo que pasa es que acá la cosa no va de silencios tímidos ni de reproches a media voz: va de una familia de clase media ilustrada que es capaz de pasarse una tarde entera discutiendo si un adjetivo está bien empleado, pero incapaz de sentarse a la mesa y hablar de lo que realmente le está pasando.

El arranque tiene algo de sitcom filosófica y algo de radiografía de uno mismo, que es la peor mezcla porque uno termina riéndose y preguntándose por qué le duele. En esa casa conviven una madre, un padre y un hijo en un universo donde la corrección del lenguaje pesa más que cualquier confesión a la hora de la cena. Son cultos, son verborrágicos y, en el fondo, están tan perdidos como cualquiera de nosotros un domingo a la tarde. La dramaturga ya había mostrado ese pulso para la observación filosa en su monólogo Pundonor, de 2018, y acá lo expande en una pieza de 80 minutos que nunca pierde el humor, aunque por adentro se le cuele algo más hondo.

Una invitada con nombre de serpiente sagrada

Amaru, el título de la obra, es el nombre de la novia que el hijo Lucas trae una noche a conocer a los viejos. La palabra, claro, significa serpiente sagrada en quechua, y esa sola condición etimológica ya alcanza para que la madre, Mariel, desconfíe. El padre, en plena crisis de mediana edad, cae bajo el influjo de la chica con una velocidad que asusta. Y Lucas, desde su lugar de hijo observador, ve cómo su mundo doméstico se empieza a transformar desde adentro, sin que nadie haya tomado una decisión formal de mudanza. Ella no viene a provocar nada, pero lo provoca todo: propone pactos sobre el uso de pantallas, tiene una relación con el tiempo que descoloca a los demás y trae, sobre todo, el contacto afectivo que en esa casa nunca había tenido lugar.

  • Garrote firma el texto y comparte la dirección con Carolina Stegmayer.
  • La obra se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857.
  • El elenco lo completan Marcos Ferrante, Julián Cnochaert y Fiamma Carranza Macchi.
  • La escenografía minimalista es de Santiago Badillo, con niveles que marcan la dinámica de poder entre los personajes.
  • En el tramo final se incorpora un elemento fantástico sin que la comedia pierda su tono.

El elenco funciona como un mecanismo aceitado, y eso no es poco en una obra donde la comicidad depende tanto del timing como de la escucha. Garrote, que además dirige, compone a Mariel con una precisión cómica que no sacrifica la emoción ni en los momentos más absurdos. Marcos Ferrante le pone al padre una fragilidad que uno reconoce de memoria, esa crisis de los cincuenta en la que el varón ilustrado todavía se siente protagonista de su propia vida. Julián Cnochaert, como Lucas, alterna el humor con la ternura de una manera casi imperceptible, como si no quisiera delatar que lo que le pasa en escena también le pasa a uno del otro lado de la butaca. Y Fiamma Carranza Macchi construye a Amaru con una presencia que genera tanto encanto como desasosiego, que es justo el efecto que la puesta necesita para sostenerse en sus ochenta minutos.

Un teatro con historia, una sala para volver

Vayan al Picadero, que no es un dato menor. Está en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, en pleno corazón del Once, a metros de Corrientes y a una cuadra del Abasto, en esa zona de Buenos Aires donde conviven los teatros off con las pizzerías de mostrador y los locales de cotillón viejísimo. Ir al Picadero un domingo a la tarde tiene algo de ritual de ciudad: uno cruza la calle, se acomoda en una butaca que vio pasar décadas de teatro independiente y se entrega a lo que pase. En este caso, lo que pasa es una comedia con humor sostenido, construída en varias capas, que se ríe de sus personajes pero también los quiere, y que en el tramo final se permite un desvío fantástico que no rompe nada, al contrario: lo termina de ordenar.

“¿Qué tan reconocible te resulta esa dinámica familiar donde las palabras tapan lo que no se puede decir?”La pregunta que Amaru deja resonando en la butaca

Les confieso algo: salí del Picadero pensando en mi propia mesa de los domingos, en las discusiones que arrancan por una coma y terminan quién sabe dónde, en lo fácil que nos resulta opinar sobre el mundo y lo difícil que se nos vuelve pedir un abrazo a tiempo. Amaru no deriva nunca hacia el drama, no necesita hacerlo, pero deja la incomodidad reconocible flotando en el aire, que es lo mejor que puede hacer una buena comedia. Si están buscando una excusa para volver al teatro o para reencontrarse con la dramaturgia argentina que mira para adentro sin solemnidad, anótense los domingos a las 18 en el Picadero. Yo, si fuera ustedes, no me la pierdo.

SF
Silvia FerraroCultura y espectáculos

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