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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La cuenta pendiente que tenemos con el otro: cuando la soledad pasa factura al cuerpo y a la cabeza

Un estudio con más de 277 mil personas en el Biobanco del Reino Unido mostró diferencias de hasta casi seis años de vida saludable entre quienes se sienten solos y los que mantienen vínculos, con un dato que duele: los hábitos sanos alcanzan para morigerar el aislamiento, pero no tanto para tapar la soledad.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios · · 3 min de lectura
La cuenta pendiente que tenemos con el otro: cuando la soledad pasa factura al cuerpo y a la cabeza

El primer lunes de este mes lo vi a Osvaldo, en la esquina de Boyacá y Gaona, sentado en el umbral de su casa, con el termo bajo el brazo y la mirada clavada en la vereda de enfrente. Hacía frío y nadie pasaba. Hacía meses que Gladys, su mujer, se había mudado y él se quedaba ahí, con la radio prendida para que la casa no sonara a hueco. Cuando le pregunté cómo estaba, me dijo, con esa franqueza que solo se permite en los barrios de toda la vida: "Yo no estoy solo, tengo a los pibes del kiosco y a mi hermana que me llama. Lo que me falta es alguien con quien mirar la misma película sin discutir el control remoto". Esa frase, sin saberlo, es exactamente la distinción que hace la ciencia entre aislamiento social y soledad: cantidad de contactos, por un lado; calidad de los vínculos, por el otro.

Porque no es lo mismo quedarse sin contactos que quedarse sin conexión. El aislamiento social es un dato casi objetivo: cuántas personas ve, con cuánta frecuencia habla, qué red de allegados sostiene. La soledad, en cambio, es un sentimiento, una carencia que se mide por dentro, y por eso puede aparecer aun en una mesa llena o en un living con cinco hijos. Esa diferencia, que parece semántica, fue el corazón de una investigación reciente que vinculó a las dos condiciones con menos años de vida libre de enfermedades, y que encontró que no pesan igual sobre el cuerpo y sobre la cabeza.

Lo que midió el estudio y lo que encontró

El trabajo siguió a más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido, todos mayores de 40 años y menores de 70 al ingresar. Al arrancar la observación, ninguno tenía diabetes, enfermedades cardíacas, pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. Tomando los 50 años como referencia, los investigadores calcularon cuántos años más podían esperar vivir sin desarrollar esas siete condiciones, y compararon los resultados según el grado de aislamiento y de soledad que declaraba cada participante.

  • Mujeres con aislamiento social y soledad: 2,4 años menos de vida sin enfermedades físicas que las que no atravesaban esas situaciones.
  • Hombres en la misma condición: 1,7 años menos sin problemas físicos.
  • Mujeres con soledad y aislamiento: 3,7 años menos de vida saludable mental.
  • Hombres en esa misma condición: 5,8 años menos de vida saludable mental, la brecha más grande de todo el estudio.
  • Los hábitos saludables (alimentación, actividad física, buen sueño y no fumar) amortiguaron parte del impacto del aislamiento, pero no lograron reducir de forma significativa los riesgos asociados a sentirse solo.

Los resultados fueron difundidos por la Universidad de Tulane, en Estados Unidos, en un comunicado del 22 de septiembre de 2026. El investigador principal, Lu Qi, fue claro al describir el alcance del hallazgo: el peso de la soledad y del aislamiento no se limita al ánimo, también se nota en la salud del cuerpo. Y los números hay que leerlos como están: hablan de años libres de las enfermedades estudiadas, no necesariamente de años de vida perdidos en sentido absoluto.

“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental. Las cifras se refieren a años libres de las enfermedades estudiadas, no directamente a años de vida perdidos.”Lu Qi, investigador principal del estudio

Vuelvo a Osvaldo, en su umbral de Boyacá y Gaona, y ahora entiendo mejor por qué insistía en que no estaba solo, aunque todos los indicadores del barrio le marcaran lo contrario. Lo que él me estaba describiendo era un colchón afectivo fino pero presente, hecho de la telefonista del kiosco, de la hermana que llama los domingos, del pibe que le cruza la pelota para que él la devuelva con la punta del pie. Para el estudio, ese tipo de red puede tener un efecto protector que se nota en el cuerpo. Lo que la investigación vino a advertir, con números enormes y metodologías cuidadosas, es que el sentirse solo por dentro es otra cosa: no se resuelve solo con dieta ni con caminatas, y se lleva puesto, sobre todo en los hombres, casi seis años de bienestar mental.

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Hernán QuirogaSociedad y barrios

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